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Un día de Pascua, Jesús fue crucificado. Luego de seis horas de sufrimiento y agonía, en expresión de triunfo, “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” gritó: “Consumado es” (S. Juan 1:29; 19:30). El sacrificio por los pecadores había sido realizado.

Sin socorro divino, los hombres, condenados por su maldad, morirían sin esperanza, “pero Dios que es rico en misericordia” (Efesios 2:4) proveyó un sacrificio en lugar del pecador. “Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8) para poder indultarnos.

El sacrificio era también para quitar la culpa. Dios envió a su Hijo para dar su vida “en expiación por el pecado” (Isaías 53:10). Además, el sacrificio habría de satisfacer la justicia de Dios. Su ley perfecta había sido quebrantada, y se requería una reparación perfecta. Solo así podría Dios salvar el abismo que lo separaba del pecador (Isaías 59:2).

Como el hombre no podía realizar esta reparación, Cristo, “mediante el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” (Hebreos 9:14). En la cruz Dios estaba en Cristo pagándose a sí mismo la exigencia de la ley. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Corintios 5:19).

En la cruz se logró la satisfacción de la justicia divina y la amnistía del pecador. Esta victoria definitiva sobre el mal aseguró su erradicación del universo entero y la seguridad eterna para sus habitantes. Por eso clamó el Redentor: “Consumado es”.

En estos días de reflexión en la pasión de Cristo, acudamos a los evangelios y contemplemos reverentes al “Cordero de Dios” que quita nuestra culpa.

El autor es doctor en Teología, y escribe desde Silver Spring, Maryland.

Sacrificio perfecto

por Minervino Labrador Jr.
  
Tomado de El Centinela®
de Abril 2022