Vivir en un país extranjero es una experiencia que transforma el alma. Uno aprende nuevos idiomas, nuevas costumbres y nuevas maneras de ver el mundo. Pero también aprende lo que significa extrañar, adaptarse, comenzar de nuevo y confiar más profundamente en Dios.
Yo no emigré huyendo del hambre ni de la violencia. Llegué por invitación, para servir, trabajar y pastorear. Sin embargo, el ministerio me ha permitido escuchar cientos de historias que sí nacieron del dolor: familias separadas, títulos profesionales que no tienen validez en otro país, lágrimas escondidas detrás de una sonrisa valiente, largas y peligrosas travesías. Fue precisamente al escuchar esas historias que un día comprendí algo que transformó mi manera de entender el evangelio de Jesús: Jesús también fue inmigrante. Él no solo predicó a los extranjeros. No solo defendió al marginado. ¡Él fue uno de ellos!
La huida a Egipto: el Salvador refugiado
El Evangelio de Mateo registra un episodio dramático: “Un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. . . porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo” (S. Mateo 2:13).
En cuestión de horas, María y José pasaron de ser una familia común en su tierra natal a convertirse en refugiados. No hubo tiempo para despedidas. No hubo planificación financiera. No hubo garantías. Solo obediencia.
Egipto, la antigua tierra de esclavitud para Israel, ahora se convertía en refugio para el Salvador del mundo. ¡Qué situación tan impactante! Si miramos hacia atrás en la Biblia, encontramos que José, Abraham, Ester, Rut y muchos otros personajes también fueron inmigrantes.
Refiriéndose a la huida de José y María con Jesús a Egipto, Elena G. de White escribió: “José obedeció sin dilación, emprendiendo viaje de noche para mayor seguridad”.1 El Hijo de Dios comenzó su vida como desplazado. El Cielo pudo haber evitado ese peligro, pero no lo hizo, porque Cristo no vino a vivir una vida protegida; vino a vivir nuestra vida.
Provisión en tierra extraña
Solemos asociar la inmigración únicamente con sufrimiento, pero Dios tiene la costumbre de sembrar bendiciones incluso en los terrenos más inciertos. Egipto no fue solo escondite; también fue provisión para la familia de Jesús. Un detalle significativo es que los regalos de los magos financiaron el viaje y la estancia en Egipto (S. Mateo 2:11). Lo que parecía un gesto simbólico era, en realidad, provisión divina para una familia migrante. Elena G. de White lo confirma: “Y mediante los regalos de los magos de un país pagano, el Señor suministró los medios para el viaje a Egipto y la estada en esa tierra extranjera”.2
¡Qué lección tan extraordinaria! Cuando Dios permite un traslado, también prepara la provisión. Muchos inmigrantes podrían testificar lo mismo. He escuchado historias impactantes de personas que llegaron con miedo y encontraron oportunidades; otras que, sin entender el idioma, desarrollaron nuevas habilidades; familias que llegaron solas y Dios les regaló comunidad. Conozco incluso a varias que, si no hubieran tenido que salir forzosamente de su país, quizá no habrían conocido a Jesús como su Salvador. Porque el Dios de las fronteras ¡sigue guiando caminos hoy!
El carácter que se forma en el extranjero
Ser inmigrante, como lo fue Jesús, también trae bendiciones y oportunidades únicas. Cada vivencia, cada reto y cada dificultad producen resiliencia. Si estamos bien enfocados, esas experiencias fortalecen la fe y nos hacen más dependientes de Dios.
La Biblia no detalla la vida diaria de Jesús en Egipto, pero es imposible ignorar que sus padres tuvieron que aprender a vivir como minoría cultural. Jesús creció observando eso. Tal vez escuchó otro acento. Tal vez jugó con niños de otra cultura. Tal vez vio a José comenzar desde abajo.
Nada fue accidental. Cristo estaba siendo preparado para comprender a toda la humanidad, no solo a una nación. Con razón el apóstol Pablo escribió: “No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades” (Hebreos 4:15). Jesús entiende al inmigrante porque él fue inmigrante.
El regreso y el propósito mayor
Muchos de nosotros soñamos con regresar a nuestra tierra, a nuestro rancho, a nuestro pueblo y a nuestra gente. Con Jesús no fue diferente. Las Escrituras relatan lo sucedido: “Pero después de muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto, diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel” (Mateo 2:19, 20).
Regresar tampoco fue sencillo. Volver implica reconstruir, reinsertarse, comenzar otra vez. Muchos inmigrantes descubren que el “hogar” ya no es el mismo, ni ellos tampoco. Pero cada traslado en la vida de Jesús tenía un propósito mayor. Egipto no era el destino final, solo era parte del proceso.
Un Dios que entiende al extranjero
Tenemos un Jesús que nunca ha sido indiferente al desarraigo humano. Desde el Antiguo Testamento, Dios mostró un cuidado especial por el extranjero: “Amaréis, pues, al extranjero; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto” (Deuteronomio 10:19).
¡Qué responsabilidad tenemos de cuidar, animar y ayudar a los demás! No solo por ser inmigrantes, sino por ser cristianos. No adoramos a un Dios distante. Adoramos a un Dios que cruzó la mayor frontera posible: del cielo a la tierra.
Nuestra verdadera ciudadanía
Ser inmigrante puede cansar el corazón. Pero la historia de Jesús nos recuerda una verdad eterna: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” (Filipenses 3:20). Quizá por eso muchos creyentes desarrollan una fe tan profunda lejos de su tierra, porque aprenden que su hogar final no está limitado por la geografía.
Como pastor de una iglesia mayormente inmigrante, he visto lágrimas convertirse en milagros. He visto a Dios abrir puertas laborales inesperadas. He visto familias reconstruirse. He visto la fe madurar. Y entonces recuerdo: el niño que huyó a Egipto como inmigrante terminó salvando al mundo.
Si hoy vives lejos de tu país, si extrañas tu tierra y a veces te sientes invisible, recuerda esto: Jesús ya caminó ese sendero. Él sabe lo que significa empezar de nuevo. Y si Dios guio a su propio Hijo a través de fronteras, también guiará cada paso de tu vida.
La inmigración mundial equivale aproximadamente al 3.7 % de la población global. Es decir, 1 de cada 30 personas vive en un país distinto al que nació.
Los países que reciben más inmigrantes son: Estados Unidos (el que más recibe), seguido por Alemania, Arabia Saudita, Francia y el Reino Unido.
Las causas principales de la migración son laborales y familiares. Sin embargo, los conflictos y la inestabilidad han incrementado el número de refugiados y solicitantes de asilo.*
Dios guía cada traslado. Ningún movimiento en tu vida es accidental. Así como Dios dirigió a la familia de Jesús hacia Egipto, también dirige tus pasos, aun cuando el camino parezca incierto.
La provisión acompaña al propósito. Cuando Dios permite un cambio, también prepara los recursos necesarios. Lo que hoy parece insuficiente puede ser la provisión exacta para el mañana.
El carácter se fortalece en la prueba. Adaptarse a una nueva cultura, idioma o sistema forma resiliencia, paciencia y dependencia de Dios. La dificultad no destruye, moldea.
Cristo comprende tu experiencia. No estás solo. Jesús experimentó el desarraigo, la adaptación y el comenzar de nuevo. Él entiende tus emociones, tus miedos y tus silencios.
El proceso es parte del plan. Egipto no fue el destino final de Jesús, fue una etapa. Del mismo modo, tu situación actual puede ser parte de una obra mayor que aún no alcanzas a ver.
La comunidad es un regalo divino. Dios suele suplir familia espiritual cuando la familia biológica está lejos. Busca y valora a la Iglesia y las amistades que él coloca en tu camino.
Tu identidad no depende de tu estatus migratorio. Antes que inmigrante, eres hijo de Dios. Tu valor no lo define un documento, sino tu relación con el Padre celestial.
La ciudadanía eterna es tu esperanza. Puedes amar a tu país de origen y agradecer al país que te recibe, pero tu verdadera ciudadanía está en el cielo. Esa esperanza sostiene el corazón en cualquier frontera.
1. Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes (Pacific Press Publishing Association, 1955), p. 45.