Aurelia era la menor de tres hermanas, y su opinión en el hogar siempre era ignorada. Las voces de sus dos hermanas mayores eran escuchadas y valoradas, mientras que la de ella parecía no tener importancia. Esta situación hizo que Aurelia creciera sintiéndose devaluada y acomplejada.
Desde niña ideó una estrategia para ganar el amor de sus hermanas y la atención de sus padres: cada vez que recibía algún regalo en dinero, lo repartía entre sus hermanas. Con el tiempo, sus hermanas comenzaron a aprovecharse de su generosidad. Cuando Aurelia no tenía dinero para darles, la insultaban y la intimidaban. Sus padres, por su parte, permanecían al margen de la situación.
A los 14 años, Aurelia comenzó a trabajar cuidando mascotas y niños en diferentes hogares de su vecindario. Al regresar a casa sus hermanas le pedían dinero, y ella repartía sus ganancias con la esperanza de recibir su cariño. En ocasiones incluso se conformaba con la atención negativa que obtenía. Su tía Eugenia, consciente de esas constantes extorsiones, la aconsejaba repetidamente que dejara de “comprar amor”.
Un despertar necesario
Con el paso del tiempo, Aurelia se graduó como enfermera y comenzó a trabajar en un hospital donde recibía un buen salario. Sus hermanas, en cambio, no quisieron estudiar ni trabajar; continuaron dependiendo del dinero que ella les daba para satisfacer su hambre emocional. Hasta que un día su tía le obsequió el libro Consejos sobre la mayordomía cristiana, de la autora Elena G. de White. Mientras lo leía, en la página 172 encontró un pasaje que transformó su manera de pensar: “No debemos aprobar la indolencia ni estimular los hábitos de complacencia propia proporcionando los medios que satisfarán los deseos de gratificación”.
Aquellas palabras tocaron profundamente su corazón. Aurelia comprendió que, lejos de ayudar, estaba fortaleciendo la dependencia y la falta de responsabilidad de sus hermanas.
El verdadero Pan que satisface
Aurelia decidió orar al Señor para que le concediera la fuerza de voluntad necesaria para rechazar las extorsiones. Comenzó también a leer la Biblia con mayor dedicación y descubrió el gran amor de Dios, un amor capaz de satisfacer todas nuestras hambres. “Porque el pan de Dios es aquel que desciendió del cielo y da vida al mundo. . . Yo soy el pan de vida; él que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Juan 6:33-35).
Aurelia comprendió que sus hermanas también sufrían de hambre emocional. En lugar de continuar entregándoles dinero, empezó a compartir con ellas el Pan de vida. Les habló del amor de Dios, de su valor como personas y de la verdadera satisfacción que solo él puede ofrecer.
Poco a poco, sus hermanas y sus padres comenzaron a interesarse en los mensajes que Aurelia compartía. Finalmente, todos recibieron el Pan del cielo que mitigó sus carencias espirituales y emocionales. Tiempo después, Aurelia compartió públicamente su testimonio en un retiro de damas en California, donde presentó a sus hermanas y a su madre.
La autora es consejera matrimonial y conferenciante internacional. Escribe desde Thousand Oaks, California.