Vivimos en tiempos difíciles y, como bien señala el autor del artículo de la página doce, nos movemos bajo el gobierno silencioso de los algoritmos. Estos deciden qué vemos, a quién escuchamos, qué compramos y, cada vez más, cómo nos percibimos a nosotros mismos. Esta arquitectura digital promete eficiencia y conexión, pero genera soledad. Para millones de personas, las pantallas que median nuestras relaciones se convierten en una realidad muy triste.
Desde una perspectiva ética, los algoritmos no son neutrales: codifican intereses, refuerzan sesgos y monetizan la atención. En nombre de la personalización se fragmenta el espacio público; en nombre de la velocidad, se diluye la responsabilidad; en nombre del rendimiento, se sacrifica la dignidad. La justicia bíblica, sin embargo, no es un cálculo de utilidades, sino una relación restaurada: “Qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios” (Miqueas 6:8). Cuando la vida se rige por métricas de impacto y no por el peso del prójimo, la justicia se vuelve un algoritmo frío.
Todo esto produce una herida en la conciencia. La atención secuestrada produce sujetos dispersos, y la comparación permanente genera máscaras. El apóstol Pablo escribió que somos “un solo cuerpo” (1 Corintios 12:12), pero la lógica de las plataformas tiende a disolver el cuerpo en audiencias y perfiles. El resultado es la “religión” del rendimiento: valemos por la visibilidad, no por la presencia; y el amor se enfría (S. Mateo 24:12).
El evangelio confronta esta deshumanización con una encarnación irreductible. Dios no nos amó por intermediarios: “El Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (S. Juan 1:14). La justicia del reino se expresa como cercanía, la verdad como rostro, el amor como tiempo compartido.
No se trata de demonizar la tecnología, sino de subordinarla al mandamiento mayor: amar a Dios y al prójimo (S. Mateo 22:37-39). En tiempos de algoritmos, la esperanza no es desconectarnos del mundo, sino reconectarnos con el corazón de Cristo. Los cristianos somos llamados a ser presencia que sana, comunidad que abraza y amor que restaura.
El autor es el director de la revista El Centinela.