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¡No podemos juzgar un libro por su tapa! Tampoco podemos juzgar a una persona por su primera apariencia. La sociedad en la que vivimos pretende hacernos creer que existen grupos de personas superiores e inferiores. Los criterios para definir la superioridad de unos sobre otros pueden ser de distintos órdenes: económicos, raciales, religiosos, ideológicos, culturales, etc. Pero todos confluyen en un mismo fenómeno: la discriminación al prójimo. Esto divide naciones, comunidades, géneros y vecindarios. La historia da cuenta de este mal endémico. Los tiempos de Jesús no fueron una excepción a este fenómeno, particularmente entre el profeso pueblo de Dios.

En San Juan 1:45 y 46 leemos que Felipe le anunció a Natanael que habían encontrado al Mesías. Cuando se anunció que Jesús era de Nazaret, Natanael preguntó: “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?”. Juan registra el prejuicio racial y de género de los discípulos cuando estos vieron que su Maestro hablaba con una mujer samaritana (S. Juan 4:27). En otra ocasión, cuando una mujer de Tiro y Sidón seguía a Jesús para que realizara un milagro para su hija atormentada por demonios, los discípulos insistieron: “Dile a esa mujer que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros” (S. Mateo 15:23, DHH).* Pero Jesús amó, predicó y realizó maravillosos milagros, dándonos ejemplo en medio de la discriminación que lo rodeaba.

La apariencia física puede inducirnos a discriminar al prójimo, pero para Dios el corazón es lo más importante. En 1 Samuel 16, el Señor envió a Samuel a que ungiera al siguiente rey de Israel. Cuando llegó a la casa de Isaí en Belén, preparó una comida y llamó a todos los hijos de este hombre a que vinieran ante él. Cuando Samuel vio a Eliab, pensó que seguramente este sería el próximo rey de Israel. Era apuesto, alto y caminaba con confianza. “Pero el Señor le dijo: ‘No te fijes en su apariencia ni en su elevada estatura, pues yo lo he rechazado. No se trata de lo que el hombre ve; pues el hombre se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón’” (vers. 6 y 7, DHH). Este incidente en la vida del profeta Samuel nos enseña a no juzgar a una persona por la mera apariencia corporal, porque puede ser que esa persona no tenga un corazón dispuesto hacia las cosas de Dios.

Recuerdo una noche especial de oración que dirigí como pastor de cierta congregación. Durante el servicio de oración le pedimos a Dios que revelara su voluntad y extendiera su bendición sobre toda la hermandad. Cerca del final de la noche, después de que los pastores y líderes rogáramos a Dios que nos diera su bendición, una frágil anciana levantó su mano porque no podía ponerse de pie. Nunca olvidaré la forma en que el Señor habló por medio de ella a todos los miembros de la iglesia y a sus líderes. Ella habló del amor de Dios y de su favor para con su pueblo. Luego comenzó a cantar una canción a cappella, y la misma presencia del Señor se manifestó en la congregación. Lo que esperábamos de los pastores llegó de labios de una bella ancianita de Dios. él mira el corazón de sus hijos. él ve las cosas de un modo diferente a como las vemos nosotros.

La nacionalidad no determina la fe en Dios. Durante el tiempo de Cristo, los romanos eran despreciados y odiados en Israel, y también ocurría a la inversa. El prejuicio entre ellos era tóxico. Una tarde, después de que Jesús terminara de predicar, un centurión romano envió a unos judíos a pedir que Jesús sanara a su siervo, a quien amaba y valoraba mucho. Los judíos apreciaban a este centurión porque apoyaba a su nación y los ayudó a construir una sinagoga. Jesús fue con ellos a curar al criado del centurión. Sin embargo, cuando el centurión supo que Jesús venía a su casa, detuvo al Maestro: “Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo; por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero di la palabra, y mi siervo será sano. Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a este: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron sano al siervo que había estado enfermo” (S. Lucas 7:6-10). Jesús afirmó y reconoció la fe de este centurión romano; vio su corazón, no su nacionalidad ni su afiliación religiosa.

La Biblia también nos advierte contra la discriminación económica. El apóstol Santiago dice: “Si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso, y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos?” (Santiago 2:2-4).

Hay un programa de televisión muy popular en los Estados Unidos que se llama Jefe encubierto [Undercover Boss]. En este programa el propietario, presidente o director ejecutivo de una empresa de éxito se disfraza de empleado de bajo rango. El jefe encubierto pretende ser un nuevo empleado. Los gerentes y otros empleados tratan a esta nueva persona de diferentes maneras. Algunos son amables y acogedores, mientras que otros no valoran al nuevo empleado de bajo rango. Al final del programa, el propietario se quita el disfraz. Quienes fueron amables y compartieron algunas de sus propias luchas, a menudo reciben obsequios y promociones en la empresa. Los otros son despedidos en el acto por haber tratado mal al jefe.

La vida es como este programa de televisión.

Me gusta pensar que lo contrario de discriminar es hospedar. Hospedemos a todos en el corazón. ¿Podría aplicarse el consejo de Hebreos 13:2: “No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”, también al tema de la discriminación?

A continuación presentamos algunas formas en las que podemos evitar la discriminación.

1. Considera a los demás mejores que tú mismo. Filipenses 2:3: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo”. Ninguna persona es perfecta o completa en sí misma. Todos nos necesitamos unos a otros para construir una comunidad y un mundo mejor.

2. Somos una misma familia humana. “Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación” (Hechos 17:26). La vida y la muerte nos unen a todos.

3. Reconocer que todas las personas están en el corazón de Dios. En el cielo no habrá un cruce de ferrocarril, ni muros fronterizos ni montañas que separen a las naciones. Todos compartiremos la misma dirección postal: “Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos” (Apocalipsis 7:9).

* Las citas bíblicas marcadas con DHH fueron tomadas de la Biblia Dios habla hoy®, Tercera edición © Sociedades Bíblicas Unidas, 1966, 1970, 1979, 1983, 1996. Utilizada con permiso.

El autor es doctor en Teología y líder de reconocida trayectoria eclesiástica. Escribe desde Silver Spring, Maryland.

Las apariencias engaƱan

por Minervino Labrador Jr.
  
Tomado de El Centinela®
de Marzo 2022