Vivimos una crisis planetaria sin precedentes en todos los órdenes de la vida humana. La simple respiración parece estar robándole el porvenir a miles de millones de personas que habitan la tierra. Nada es peor que esta pandemia, ni aun una guerra. Porque luego de una guerra, se cuentan los muertos y se vuelve a empezar. Pero el virus nos instala en la más oscura neblina respecto del futuro. Nadie sabe cuándo terminará esta pesadilla ni puede medir las terribles consecuencias que dejará en la humanidad. La incertidumbre se ha instalado en todo corazón humano.

Pero en este tiempo de oscuridad brilla una luz de esperanza. Proviene de lo alto, como proviene de allí “toda buena dádiva y todo don perfecto” (Santiago 1:17). La oración es “el don perfecto” que Dios nos está dando en esta hora.

El poder de la oración en los tiempos de angustia

La Biblia nos enseña la razón del poder que descansa en una plegaria: todo proviene de Dios. él es el que llama al ser humano a la oración en toda circunstancia de la vida, y es a su vez el que responde toda plegaria.

Para entender el origen de la oración, vayamos al libro de Génesis. Allí se registra que luego de la caída, la criatura humana se escondió debajo de sus miedos y huyó de Dios. Pero el Creador fue tras los pasos de su creación. Salió en la búsqueda del hombre y de la mujer. Llamó a Adán y le preguntó: “¿Dónde estás?” (Génesis 3:8). Y Adán responde: “Te oí caminando por el huerto, así que me escondí. Tuve miedo porque estaba desnudo” (vers. 10, NTV).*

La búsqueda de Dios hace posible la primera comunicación entre el Creador y la criatura luego de la caída. Pero en ese encuentro aún no hay relación, y por lo tanto tampoco oración, porque Adán y Eva tenían miedo y estaban en fuga. La relación recién se consuma cuando la criatura humana, ante su impotencia, ve lo que hace su Creador y responde en consecuencia. Dice la Biblia: “Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió” (Génesis 3:21). La oración es el acto de necesitar el “vestido” de Dios.

Así, desde el origen, la Escritura nos dice tres cosas respecto de nuestra relación con Dios. En primer lugar, que comienza con el llamamiento amoroso de Dios a nuestro corazón, porque la relación es, fundamentalmente, un anhelo divino. En segundo lugar, nuestra tendencia natural es huir de Dios a causa del miedo. ¡El miedo a Dios es nuestro peor enemigo! En tercer lugar, Dios es el que da la respuesta al miedo que nos hace huir de la vida. Dios satisface nuestra necesidad de sentirnos protegidos, no desnudos a la intemperie.

En este sentido, Dios es el que llama y el que responde. él es el principio y el fin de la relación. Jesús dijo: “Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último” (Apocalipsis 1:11). él es “el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2). Por lo tanto, la oración inaugura la relación con Dios. Es tanto el llamamiento que Dios hace a nuestro corazón como la respuesta a nuestras más profundas necesidades humanas. La oración es una búsqueda y una respuesta divinas ¡en todo corazón humano! En su raíz, la oración no es una cuestión confesional. No es patrimonio de ninguna tradición religiosa. No hay que ser judío, cristiano, islámico, sintoísta o budista para recibir el llamamiento de Dios en la conciencia, y responder en consecuencia. La voz de Dios está ahí, hablando la palabra a lo profundo de nuestro ser (ver Santiago 1:21). La tendencia a orar está en la conciencia porque somos criaturas humanas. Aun está en la conciencia de los ateos, que, al negar a Dios, lo pronuncian. Dios es el origen de nuestra existencia, y la oración es el llamamiento y la respuesta que le da sentido a la vida.

Oración por amparo en tiempos de crisis

Si en estos días pensamos que nuestros miedos son más poderosos que Dios, que atan sus manos, volvamos al origen de la historia humana, a la situación de Adán después de la caída: Su pecado no ató las manos de Dios, pues Dios nunca tiene las manos atadas. él es más poderoso que las razones de nuestros miedos. él siempre nos busca, a pesar de que huyamos. El mensaje de la experiencia de Adán y Eva es el siguiente: Cuando tenemos problemas, no hay razón para huir de Dios; al contrario, debemos responder sus llamamientos.

Dios nos llama en todo momento, pero escuchamos su voz más nítidamente cuando las circunstancias nos ahogan, cuando los miedos acechan. Aunque parezca paradójico, los tiempos que estamos viviendo pueden ser los más extraordinarios de nuestra vida espiritual. Jesús nos enseñó a buscar “primeramente el reino de Dios y su justicia”, especialmente en tiempos de preocupaciones, ansiedades, incertidumbre y miedo (S. Mateo 6:33). En el Sermón del Monte nos invita a mirar las aves del cielo y los lirios del campo, que no siegan ni cosechan, ni trabajan ni hilan, para destacar la importancia de confiar en Dios (S. Mateo 6:26-28).

El lirio y el pájaro pueden ser nuestros maestros. ¿Roba acaso el ave las mazorcas del campesino para comer? De ninguna manera: Dios le ha dado la tierra para su subsistencia. ¿Se vistió acaso Salomón con más gloria que el lirio aparentemente abandonado en el campo? De ninguna manera. Y si nuestros “maestros” hablaran, nos preguntarían: ¿No crees que tú vales más que un lirio y un pájaro?

¿Qué es lo que te hace a ti y a mí más valiosos que una flor silvestre y el ave que surca el cielo? Precisamente el hecho de que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, cuya vocación es hablar todos los días con sus criaturas humanas. ¡Orar!

Jesús nos aconseja buscar” primeramente el reino de Dios y su justicia”. Es el consejo más sabio que pueda haber salido de labios del Maestro de Nazaret para nuestros días de pandemia. “Buscar el reino de Dios y su justicia” es entrar en relación con él. Es orar. “Primeramente” significa que Dios debe ser buscado antes que nada.

¿Cambiarán las circunstancias por esto? Quizá no. Pero cambiará el modo en que vemos la realidad. No tratemos de explicarle a Dios nuestras necesidades, dejemos que Dios se explique a sí mismo en nuestro corazón mediante la oración humilde. Porque, aunque suspendamos todo deseo y nos reconciliemos con nuestro dolor, aun así, no conoceremos a Dios. ¡Necesitamos conocerlo para que “todas las demás cosas vengan por añadidura”!

De este modo, la oración se convierte en una experiencia profunda con Dios, en el amparo del alma, que es lo que más necesitamos en esta hora oscura del planeta.

Oración por amparo

Acuérdate, oh Jehová, de tus piedades y de tus misericordias, pue son perpetuas (Salmo 25:6).

Señor,

Ahora que el planeta se ha detenido y que hemos sido llamados al silencio, regálanos la capacidad de escucharte. Danos el don del oído espiritual.

Ahora que nos damos cuenta de cuán poco te conocíamos,
ayúdanos a comprenderte. Danos el don de la sabiduría.

Ahora que no vemos el mañana con claridad, danos la convicción de lo que no se ve, la certeza de lo que esperamos. Danos el don de la fe.

Ahora que vemos nuestro pecado, que la envidia y la confrontación multiplica, cúbrenos con tu misericordia. Danos el don del perdón.

Ahora que lo estamos perdiendo todo y nos hemos dado cuenta de cuánto teníamos, ayúdanos a valorar todas las cosas que nos has dado en la vida. Danos el don de la gratitud.

Ahora que sufrimos, haznos conocer la compasión. Danos el don de la empatía.

Ahora que muchos están enterrando a sus amados, recuérdanos la promesa de Jesús: “El que cree en mí, aunque esté muerto vivirá”. Danos el don de la esperanza.

Ahora que no soy nada, tú eres Todo. Danos el don de la oración. Amén.

* Versículo tomado de la Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente, © Tyndale House Foundation, 2010. Todos los derechos reservados.

El autor es el director de El Centinela.

OraciĆ³n por amparo en tiempos de crisis

por Ricardo Bentancur
  
Tomado de El Centinela®
de Enero 2021