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“He aprendido que cuando un recién nacido aprieta por primera vez con su pequeña manito el dedo de su padre, ¡lo tiene atrapado para siempre!”, escribió alguna vez el colombiano Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura. Esto es verdad. Y viceversa.

Nos convertimos en padres sin haber practicado. Sin títulos ni estudios. Por la ciega biología. Ser padre es un acto biológico portentoso. “No importa si tu padre estuvo presente o estuvo ausente en tu vida, nunca olvides que le debes tributo por darte la existencia. Debes hacer con tu vida tu propia obra de arte”, leí hace unos días en un portal de Facebook. Y tiene lógica. A veces la ausencia de un padre es mejor que su presencia.

Pero esto no significa que la paternidad no sea también un acto psicológico portentoso. Tanto para el padre como para el hijo. Los deditos que aprietan la mano presente de un padre en el momento del nacimiento se sienten seguros para el resto de la vida.

Hoy no vamos a hablar del privilegio y de las vicisitudes de la paternidad. Ni de los secretos para ser un padre exitoso. (La vida poco tiene que ver con el éxito.) Más bien vamos a pensar en la paternidad como un grado honorífico. Como un acto de amor. Como una apuesta al futuro y a la esperanza. Como un merecimiento que se alcanza sin reclamar merecimientos.

Sin embargo, hay derechos que un buen padre puede reclamar cuando la vida se los concede. Esto es lo que expresa con delicada belleza el autor anónimo de esta carta:

“Amado hijo:
“El día que esté viejo y ya no sea el mismo, ten paciencia y compréndeme. Cuando derrame comida sobre mi camisa y olvide cómo atarme los zapatos, recuerda las horas que pasé enseñándote a hacer las mismas cosas.
“Si cuando conversas conmigo, repito y repito la misma historia que tú conoces de sobra, no me interrumpas sino escúchame. Cuando eras pequeño, para que te durmieras, tuve que contarte miles de veces el mismo cuento, hasta que cerrabas tus ojitos.
“Cuando haga mis necesidades frente a otros, no me avergüences y comprende que no tengo la culpa de ello, pues ya no puedo controlarlo. Piensa cuántas veces te ayudé de niño, pacientemente. No me reproches porque no quiera bañarme, ni me regañes por ello. Recuerda cuando te perseguía y los mil pretextos que inventaba para hacerte más agradable tu aseo. Acéptame. Perdóname. Porque el niño ahora soy yo.
“Cuando me veas inútil e ignorante frente a todas las cosas que tú sabes y que ya no podré entender, te suplico que me des todo el tiempo que sea necesario para no lastimarme con una sonrisa burlona o con tu indiferencia. Recuerda que fui yo quien te enseñó los primeros números y las primeras letras del abecedario, para que comenzaras a recorrer el sendero del conocimiento.
“Y si fallan mis piernas porque están cansadas, dame una mano tierna para apoyarme, como lo hice yo cuando empezaste a caminar con tus piernitas débiles.
“No te sientas triste o impotente por verme cómo me ves. Dame tu corazón. Compréndeme. De la misma manera como te he acompañado en tu sendero, acompáñame a terminar el mío. Dame amor y paciencia, que te devolveré gratitud y sonrisas con el inmenso amor que tengo por ti. Piensa que con el paso que me adelanto a dar, estaré construyendo para ti otra ruta de amor en otro tiempo.
“Con amor, tu padre”.

Cuando el matrimonio se derrumba

por Ricardo Bentancur
  
Tomado de El Centinela®
de Junio 2013