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Hace unos días vi que en un canal de televisión hispano estaban pasando una película que en su momento acaparó la atención de todos los medios de comunicación y comentaristas sociales. Lo que más me sorprendió fue haberme dado cuenta de que ya pasaron quince años desde que se filmó esa película. Pero su mensaje cada día es más pertinente. Hago referencia a Titanic.

En sus días, fue la más costosa superproducción de la historia del cine. Batió todos los récords de taquilla y fue consagrada con once premios Oscar de la Academia de Hollywood, la mayor cantidad de premios concedidos a un filme, igualando a Ben Hur. Durante varias semanas, en todos los continentes, las salas de cine más importantes del mundo se llenaron de multitudes que mirában hechizadas el hundimiento del transatlántico, ocurrido una mañana de abril de 1912. La película ha sido considerada la obra maestra del fin de siglo.

¿Por qué uno de los mayores desastres se convirtió en el mayor éxito cinematográfico? ¿Por qué se reflotó a fines del milenio esta vieja historia? Se ha dicho que el Titanic simboliza la arrogancia temeraria de la tecnología —como lo sugiere el nombre— frente a la naturaleza; o el orgullo humano que sucumbe ante el poder de Dios; o la anticipación del naufragio que viviría la burguesía y la sociedad europea de principios de siglos antes de la Primera Guerra Mundial.

La explicación más interesante y sugestiva es la que interpreta la película como un signo de las vivencias predominantes en el mundo actual. El escritor griego Hugo Caligaris lo pone de esta manera: “No hay que tomar el Titanic en un sentido literal, sino como una inmensa alegoría. Lo que la película quiere transmitir es la sensación de una catástrofe generalizada. En principio, la elección del tema parece significar: nos hundimos, y mientras tanto bebemos coñac y bailamos en cubierta sin tomar conciencia del fin. Esas ñoñerías que se dicen los protagonistas del filme, ¿no son, acaso, un reflejo de las que todos decimos mientras la grieta se va abriendo de modo inexorable y el agua sube más arriba del nivel de los tobillos?”

Pasaron quince años del estreno de aquella película. Pero su mensaje sigue vigente: sentimos que nos hundimos. Y no es una mera sensación. El mundo va a la deriva. La amenaza de una guerra nuclear por los intereses económicos mundiales en juego, el calentamiento global, el hambre (ver página 14) y la inseguridad general, son algunos de los muchos asuntos que producen miedo en el corazón del ser humano.

Por otra parte, la sensación de hundimiento no es una mera sensación que nos invade, sino un hecho establecido en los registros sagrados. La experiencia cotidiana de convivir con el miedo que inflama esta época de incertidumbre, ha sido anunciada con aguda nitidez por el evangelio. Precisamente, a principios de la era cristiana, el Señor Jesucristo, mirando hacia esta punta de la historia, profetizó el estado anímico dominante de la gente, diciendo que estaría muriendo de “angustia y temor”. Y agregó con notable clarividencia la causa del miedo de nuestros días: “Desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas” (S. Lucas 21:26).

El Titanic y el Arca de Noé

Bien podríamos hacer una comparación entre el barco invencible que jamás se hundiría y el arca que jamás flotaría. El símil nos trae a la memoria lo que pensaban los contemporáneos de ambas embarcaciones. El Titanic fue el orgullo tecnológico de una época. Un símbolo del estreno del siglo de las luces. Una manifestación del poder de la razón humana puesta al servicio de la ciencia y la tecnología que salvarían al mundo. Jamás se hundiría. Por otra parte, la Biblia nos dice que los contemporáneos de Noé se negaron a entrar al arca (Génesis 6 y 7). O no creían que vendría un diluvio o no confiaban que esa embarcación pudiera salvarlos. Este es el contraste entre las posibilidades humanas y la posibilidad de Dios. Entre el poder de la razón del hombre y el poder de la fe. Porque la fe es un diseño divino, como lo fue el Arca, que salva al hombre en su momento más crítico.

“Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre” (S. Mateo 24:37).

Hoy vivimos en los días previos a la segunda venida de Cristo. Aunque está anunciado el choque de este mundo con el iceberg del fin, lo más importante es que hay promesas de rescate. Esta fe que exalta la esperanza nos pone al abrigo para soportar airosos la perspectiva ineludible del epílogo. En lugar de dar cabida al miedo debemos estar esperanzados. La sed de eternidad pronto podrá saciarse. El autor del Apocalipsis declara: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron” (21:1). Y resalta el hecho de que en la patria futura “ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron” (vers. 4). El miedo desaparecerá y la esperanza vencerá.

Apreciado lector/a, ¿no quiere usted hoy aceptar la invitación divina de entrar al Arca de Dios?

¿Catástrofe inminente?

por Ricardo Bentancur
  
Tomado de El Centinela®
de Abril 2012