¿Qué haríamos si todos los habitantes de la Ciudad de Nueva York desaparecieran paulatina y violentamente como resultado del racismo? ¿Y si todos los habitantes de Santiago de Chile fueran asesinados por el mismo motivo? Ambas ciudades tienen 6 millones de habitantes, la misma cantidad de judíos que murieron entre 1933 y 1945 durante el Holocausto. Tristemente, en esos años el mundo guardó silencio ante un genocidio inigualable.
La palabra holocausto viene del griego y significa “quemarlo todo”. Antes de 1945 se usaba para referirse a la muerte de un gran grupo de personas. Después de la Segunda Guerra Mundial, suele emplearse específicamente en referencia a la catástrofe que sucedió a principios del siglo XX.
El deseo de erradicar a los judíos llevó a los nazis a impedirles estar en ciertas áreas, privarlos de sus necesidades básicas, despojarlos, maltratarlos, aislarlos en guetos,2 obligarlos a trabajar y quitarles la ciudadanía. Su odio culminó en un racismo asesino. Para cuando comenzó la guerra, el 1º de septiembre de 1939, unos 250,000 judíos ya habían huido de Alemania. Los métodos para exterminarlos se volvieron cada vez más drásticos, y nadie se atrevía a oponerse al líder que tomaba decisiones sangrientas.
¿Qué tiene que ver eso con nosotros?
Si queremos un futuro mejor, necesitamos entender el pasado; de otra manera lo repetiremos. Quizá nunca tengamos el poder para matar a millones, pero a nuestro alrededor hay adultos y niños marginados: víctimas del racismo, la segregación, el acoso o la violencia verbal, física y emocional.
Aunque la guerra comenzó en una fecha concreta, la semilla del genocidio germinó mucho antes, en la mente de quienes se creían superiores. Hoy persisten actitudes similares: algunos se sienten más valiosos por su color de piel, el dinero que poseen o su nivel educativo. Cuidemos nuestras palabras y actitudes, pues nuestra influencia puede ir más allá de lo que imaginamos. Después de todo, “ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28).
Quienes hemos sufrido a causa del racismo podemos recordar que hubo Alguien que padeció más y aun así perdonó. Nadie enfrentó injusticias mayores que nuestro Salvador, quien dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).
Me uno a las palabras del expresidente estadounidense Jimmy Carter: “A partir de nuestra memoria y comprensión [del Holocausto], debemos forjar un juramento inquebrantable de que nunca más el mundo permanecerá en silencio ante este terrible crimen”.3 Sus palabras reflejan el llamado del profeta Isaías: “¡Dejen ya de hacer lo malo y aprendan a hacer lo bueno! Ayuden al maltratado, traten con justicia al huérfano y defiendan a la viuda” (Isaías 1:16, 17, TLA).4 Como ciudadanos de este mundo, es nuestro deber impedir que otros sean pisoteados.
Refugio para el necesitado
La familia Ten Boom vivía en Holanda cuando los nazis invadieron su país. Eran cristianos y fabricaban relojes. Pese al riesgo mortal, escondían judíos en su casa; a menudo había cinco o seis personas viviendo ilegalmente con ellos.
Las hijas, Corrie y Betsie, hacían los contactos, mientras que su hermano Willem formaba parte de la resistencia. En su hogar se construyó un refugio secreto. Cuando fueron denunciados, las autoridades irrumpieron durante un culto. Los judíos escondidos fueron trasladados poco después, pero arrestaron a Casper (el padre), Willem, Corrie, Betsie y a unos 25 cristianos.
Diez días después de su arresto, Casper murió en la prisión. Las hermanas permanecieron en la misma prisión durante algún tiempo y después fueron transportadas a un campo de concentración, donde compartieron el amor de Jesús con otras mujeres, muchas de las cuales aceptaron la fe. Betsie murió a los 59 años; Corrie fue liberada a los 53, y viajó por el mundo contando su historia en más de sesenta países. A pesar de tanta pérdida, siguió creyendo en la ayuda al prójimo.
Sobrevivientes de la masacre
220,800 sobrevivientes del Holocausto aún viven y radican en aproximadamente 90 países.1
En 2022, sobrevivientes del holocausto huyeron de Ucrania a Alemania.2
El 49 % de los sobrevivientes vive en Israel, el 18 % vive en Europa Occidental, el 16 % en los Estados Unidos y el 12 % en países de la antigua Unión Soviética.3
Los nazis asesinaron a aproximadamente 1.5 millones de niños; alrededor de 1 millón de ellos eran judíos. Se interesaban en ellos por motivos biológicos, políticos y racistas.
Los niños difícilmente sobrevivían los campos de concentración, así que los nazis inmediatamente los enviaban a las cámaras de gas.
No todos los niños morían. Muchos de ellos sobrevivían porque se disfrazaban para esconder su identidad. Lamentablemente, vivían atemorizados, enfrentando dilemas y peligro constante.
Durante el Holocausto no hubo consideración especial para las mujeres. Fueron maltratadas, deshumanizadas y vivieron en los guetos tanto como los hombres.
Muchas de ellas se sobrepusieron al maltrato y salvaron las vidas de muchos judíos.
En las cartas que les escribían a sus seres queridos describían sus experiencias dolorosas.
2. Guetos: vecindarios de judíos semejantes a una prisión donde vivían en circunstancias poco deseables, y donde, entre otras cosas, no tenían acceso a cuidados médicos.