El 9 de abril de 2024, tres marineros fueron rescatados de una pequeña isla en el sur del mar Pacífico. Habían salido a pescar, pero el motor de su lancha falló, y la batería de su radio se agotó antes de que pudieran pedir ayuda. Pasaron nueve días naufragados en una isla deshabitada llamada Pikelot, que forma parte de los Estados Federados de Micronesia. Sobrevivieron comiendo cocos y bebiendo agua de un pozo poco profundo. La Guardia Costera de los Estados Unidos los encontró luego de recibir el aviso de que no habían regresado. Los marineros habían escrito la palabra HELP [auxilio] en la playa con hojas de palmera, lo que fue divisado desde un helicóptero. Un barco de rescate fue enviado al lugar y finalmente pudieron ser socorridos.
Muchas personas hoy se sienten tan aisladas y abandonadas como aquellos marineros. De distintas maneras, emiten un mensaje pidiendo auxilio. Dentro de cada uno de nosotros existe el reconocimiento de que necesitamos vivir en comunidad.
En los Estados Unidos se está viviendo una verdadera crisis de soledad. Una encuesta realizada por la Universidad de Harvard en 2020 reveló que el 36 por ciento de los encuestados sufría soledad severa, y el 37 por ciento la experimentaba de vez en cuando.1 Entre los jóvenes, el 61 por ciento manifestó sentirse profundamente solo. La soledad genera diversos efectos adversos, entre ellos la depresión, la ansiedad, las enfermedades cardíacas, el abuso de drogas y la violencia doméstica.
Esta epidemia de soledad surge de la distancia entre nuestras expectativas y lo que realmente experimentamos. Varios investigadores definen la soledad como un sentimiento subjetivo. Mientras que los psicólogos y sociólogos miden el aislamiento social por la cantidad de contactos o amigos que alguien tiene, un periodista observó que la soledad es “la brecha entre el nivel de conexión que deseamos y el que en realidad tenemos”.2 Es decir, la soledad es el resultado de nuestra percepción sobre lo que necesitamos. Una persona introvertida puede desear menos relaciones que una extrovertida; así que no es la cantidad de conocidos o familiares lo que determina si alguien se siente solo.
El hecho de sentirse solo no es un problema en sí mismo. Antes de la entrada del pecado, Dios observó algo en el ser humano y dijo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2:18). Fue la única parte de la creación que Dios declaró “no buena”. Él nos creó con la necesidad de vivir en comunidad. Su primera solución fue crear a la mujer e instituir la familia. Sin embargo, no es necesario casarse para vencer la soledad; también podemos hallar comunidad y compañía en otros vínculos familiares o en grupos que promueven la fe y la solidaridad.
Jesús mismo nunca se casó, pero formó una comunidad con sus discípulos. No obstante, en sus momentos más difíciles también experimentó la soledad y el abandono. En el Getsemaní pidió a sus discípulos que oraran con él, pero ellos se durmieron (S. Mateo 26:41, 43). Cuando fue arrestado, todos huyeron (vers. 56). Incluso se sintió abandonado por su Padre en la cruz (S. Mateo 27:46). Si Jesús mismo experimentó la soledad, no significa que hayamos hecho algo mal si también la sentimos. Sin embargo, sí podemos tomar medidas para enfrentarla, combatirla y superarla, para no permitir que nos robe lo valioso de la vida.
Cómo combatir la soledad
Limita la comparación con los demás. Como la soledad es un sentimiento, podemos cambiar nuestra forma de pensar para aliviarla. La comparación es el ladrón del contentamiento. Creer que otros tienen lo que deseamos solo fomenta sentimientos negativos.
Reduce el uso de las redes sociales. La mayoría de los usuarios publica solo lo mejor de su vida: fotos felices, logros. Rara vez muestran sus luchas o fracasos. Al disminuir el tiempo en las redes, reducimos las oportunidades de compararnos y de alimentar la insatisfacción.
Busca oportunidades para servir. A través de diversas organizaciones y grupos hay oportunidades para servir a los que son aun más necesitados. Pero no tiene que ser por medio de una organización. Hay familiares, vecinos y conocidos que necesitan apoyo. Servir a otros nos hace conscientes de que no estamos solos y de que también podemos marcar una diferencia positiva.
Conéctate con una comunidad cristiana. La Biblia llama a los seguidores de Jesús a amarse mutuamente (S. Juan 15:12), llevar las cargas los unos de los otros y así cumplir la ley de Cristo (Gálatas 6:2). Cuando los cristianos viven según sus enseñanzas, hay más oportunidades para servir y menos personas que sufren de soledad. Jesús fundó la iglesia precisamente para eso: para acompañarnos, fortalecernos y crecer juntos a su semejanza.
1. Richard Weissbourd, Milena Batanova, Virginia Lovison y Eric Torres, “Loneliness in America: How the Pandemic Has Deepened an Epidemic of Loneliness and What We Can Do About It”, Making Caring Common, febrero de 2021, disponible en www.mcc.gse.harvard.edu/reports/loneliness-in-america.