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Al leer el capítulo 1 de Génesis, entendemos que Adán y Eva fueron creados en el sexto día (Génesis 1:26-31). Según este relato bíblico, se les asignó la tarea de administrar y cuidar lo que se conoció como el jardín del Edén (Génesis 2:15). La palabra hebrea que Moisés usó para expresar este cuidado fue shamar, término que también implica la idea de preservación y responsabilidad en cuanto a la protección del planeta para las generaciones futuras.1 Sin embargo, tras la aparición del pecado en la Tierra, ese plan perfecto se interrumpió (Génesis 3:1-24).

Este rompimiento del diseño original de Dios, que consistía en una relación armónica entre la primera pareja, los demás seres vivientes y su medioambiente, llegó a conocerse, a lo largo de la historia, con términos como oikonomía y ecología. El primer vocablo fue utilizado por el historiador griego Jenofonte en el siglo IV a.C.; significa literalmente “las leyes de la casa”, lo cual indica el cuidado y la preservación de los seres vivientes y del mundo que los rodea.2 Por su parte, el estudioso alemán Ernst Haeckel acuñó la segunda palabra, ecología, que proviene de dos vocablos griegos: oikos (“casa u hogar”) y logos (“estudio o razón”).3

Uno de los espacios ecológicos más importantes para los seres vivientes, y especialmente para el ser humano, es el mar. De acuerdo con Génesis, este fue creado en el segundo día, cuando las aguas se separaron de la tierra (Génesis 1:10).

Existe un delicado equilibrio ecológico en la manera en que el ser humano trata los mares del planeta. El descuido hacia estas leyes ecológicas puede traer consecuencias irreparables. Según advierten algunos científicos, la contaminación de los océanos podría ocasionar un desastre ambiental irremediable en los próximos cien años.4 Quizá ya hayas escuchado acerca de la gran isla flotante compuesto de microplásticos y otros objetos del mismo material que se desplaza en el norte del Océano Pacífico, conocido como la Gran mancha de basura del Pacífico. Este abarca las aguas desde la costa oeste de Norteamérica hasta Japón, e incluye una gran mancha entre Hawáii y California. Esta última zona de contaminación tiene, según algunas estimaciones, un tamaño semejante al Estado de Texas.5 Se calcula que removerla podría tomar varios años, debido al persistente hábito humano de lanzar desechos al mar. Incluso se han encontrado restos de plástico en la fosa de las Marianas, que alcanza casi los once kilómetros de profundidad.6

Actualmente, los microplásticos han sido ingeridos por muchos peces, lo que ha llevado a los expertos a estudiar los efectos de este material en la salud humana.7 Otros motivos de preocupación son los diversos ríos que desembocan en los mares llevando consigo múltiples contaminantes, así como el blanqueamiento de extensas áreas de arrecifes de coral en distintas regiones del planeta, producto del calentamiento de los océanos.8

¿Qué se está haciendo?

En la actualidad, diversos gobiernos, organizaciones ambientalistas y grupos científicos están uniendo esfuerzos en un intento por frenar este proceso de contaminación, impulsando alternativas como el reciclaje, el uso de materiales biodegradables, campañas de educación y programas de concientización para distintos sectores de la sociedad.

Además de la ecología ambiental, a la cual ya nos hemos referido, los expertos también hablan de la ecología humana como parte vital de la relación entre los seres vivientes y su entorno. Jesús aludió a este tipo de ecología cuando habló de la segunda sección del Decálogo (Éxodo 20:12-17; S. Mateo 22:39), donde se enseñan los principios que deben regir las relaciones humanas.

De acuerdo con la Biblia, Dios, como el gran ecólogo (Génesis 1:31) y dueño de la creación (Salmo 24:1), anhela que el ser humano sea consciente de su deber y responsabilidad como administrador del planeta. La presencia de Dios en nuestras vidas nos hace más sensibles y respetuosos hacia los demás y hacia el medioambiente en el que vivimos. El trato hacia los animales es también parte de esta responsabilidad. El libro del Apocalipsis advierte solemnemente contra quienes persisten en la contaminación y destrucción ecológica del planeta (Apocalipsis 11:18).

Aun así, el Dios del cielo ha prometido crear un mundo nuevo, como el que existió al principio. El mismo Apocalipsis señala la transformación total de lo que hoy conocemos como mares (Apocalipsis 21:1). Esta nueva creación estará libre de contaminación y de la maldad que aqueja a la humanidad. Dios ofrece hoy, a través de su Hijo Jesucristo, limpiar nuestra vida de todo mal, anticipando en nosotros mediante la fe las promesas de ese mundo por venir (Apocalipsis 21:3-5; Ezequiel 36:26, 27; 1 Juan 1:9).

“Un verdadero conservacionista es una persona que sabe que el mundo no es una donación de sus padres, sino un préstamo de sus hijos” —John James Audubon (1785-1851), considerado el primer ornitólogo de America.

“La Tierra proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de cada ser humano, pero no la de su codicia” —Mahatma Gandhi (1869-1948), abogado y activista indio.

1. Elena G. de White, Patriarcas y profetas, cap. 2, pp. 20-30.

2. Jenofonte, Recuerdos de Sócrates; Económico; Banquete; Apología de Sócrates (1993).

3. Ernest Haeckel, Morfología general de los organismos (1866).

4. Sarah Gibbens, “Hallan bolsa de plástico en la fosa oceánica más profunda del mundo”, National Geographic, 16 mayo 2018, en https://www.nationalgeographicla.com/medio-ambiente/2018/05/se-encontro-una-bolsa-de-plastico-en-el-fondo-de-la-fosa-oceanica-mas.

5. Ibíd.

6. Ibíd.

7. M. Victoria Moreno-Arribas, Micro y nano plásticos: riesgos y desafíos (Madrid: Editorial CSIC, 2025).

8. Madeleine van Oppen y Janice M. Lough, Coral Bleaching: Patterns, Processes, Causes and Consequences (Springer, 2009).

Carlos G. Molina, PhD y DMim, es pastor y profesor jubilado de Nuevo Testamento. Escribe desde Carolina del Sur.

El guardiƔn del planeta azul

por Carlos G. Molina
  
Tomado de El Centinela®
de Febrero 2026