Como aprenderemos en el artículo central de esta revista, el amor empieza cuando se termina la perfección. El matrimonio es una escuela del corazón. Allí aprendemos que el verdadero amor no nace de la ausencia de defectos, sino de la decisión de amar a pesar de ellos. El amor empieza cuando se termina la perfección, porque en el momento en que dejamos de idealizar a nuestra pareja y la miramos tal como es, comenzamos a amar como Dios ama: con gracia y paciencia.
La Escritura nos recuerda que “el amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia. . . no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor” (1 Corintios 13:4, 5). Esta no es una descripción romántica, sino un llamado a una disciplina del espíritu. Amar así implica gestionar las propias emociones: reconocer la ira antes de que hiera, transformar la frustración en diálogo, cultivar la empatía que ve más allá de los errores.
Jesús enseñó: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (S. Mateo 11:29). La mansedumbre no es debilidad; es la fuerza que se reviste de paz. Cuando uno de los cónyuges se siente herido, el dominio propio abrirá la puerta a la reconciliación.
Cuidar las emociones en el matrimonio no significa reprimirlas, sino administrarlas guiados por Dios. La oración compartida, el perdón cotidiano y la decisión de escuchar antes de responder son prácticas que sanan. El salmista oró: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos” (Salmo 139:23). Esa misma actitud permite que el Señor purifique los sentimientos que podrían envenenar la relación.
El amor que permanece no se sostiene en la ilusión de la perfección, sino en la gracia que cubre imperfecciones. En cada debilidad se revela la fortaleza de Cristo, porque su “poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). Allí, en la vida real y a veces áspera del matrimonio, florece el amor verdadero que perdona, persevera, y nunca deja de esperar.
El autor es el director de El Centinela.