Hace cinco años, el cáncer inició su marcha lenta y despiadada. . . y se llevó a mi padre. En medio de una pandemia global, cada nueva variante cerraba otra puerta hacia Argentina, donde él vivía. Mi deseo más profundo era simple: verlo una última vez y decirle cuán orgulloso estaba de llamarlo “papá”.
Nos aferramos a las videollamadas, a veces dos veces al día, pero un día, con lágrimas, él lo supo: a menos que Dios interviniera, no mejoraría. Sus pulmones fallaban, su voz se apagaba.
Entonces, me tocó hablar. Derramé cada palabra que había guardado: gratitud, amor, recuerdos, hasta bromas para levantarle el ánimo.
Finalmente conseguí un vuelo y le rogué que me esperara. No podía hablar, pero levantó el pulgar: una promesa silenciosa y solemne. Teníamos un trato.
No nos gusta hablar de la muerte. Es incómoda, impredecible y atemorizante. Pero ella no pide permiso ni espera a que hayamos terminado todas las conversaciones. Por eso esta pregunta importa: ¿He dicho todo lo que necesito decir a mis seres queridos?
No todo lo que debe decirse es dramático. A veces es un simple “Estoy orgulloso de ti”, o un “Lo siento”. Una historia, una verdad o una bendición que solo tú puedes dar. Y si creemos que la muerte es un sueño hasta la resurrección (Eclesiastés 9:5; S. Juan 11:11-14), la urgencia no está después de la muerte, sino antes.
Exploremos tres verdades para vivir con intención.
1. Las palabras no dichas pesan
Cada relación carga su propio desgaste: palabras guardadas, reclamos legítimos. Yo tenía los míos hacia mi padre. Lo invité a un viaje misionero a la selva peruana. Su negocio atravesaba una crisis, y la vida lo había golpeado fuerte. Pero durante doce días estuvimos lado a lado.
Allí le hice preguntas que llevaba años guardando. Él respondió con honestidad y humildad. Nos abrazamos, y en sus lágrimas vi a un hombre que deseaba retroceder el tiempo y actuar diferente conmigo y mis hermanos.
Rara vez me decía: “Te quiero”. Pero en ese viaje lo dijo, más de una vez. Siempre lo supe; no necesitaba escucharlo. Él necesitaba decirlo. . . para sanarse. Las palabras no dichas pesan, rondan en la memoria. Aunque pensemos que “habrá tiempo”, la vida no siempre da ese lujo.
Santiago 4:14 nos recuerda: “¿Qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece”. La Biblia enseña que la muerte es un sueño (1 Tesalonicenses 4:13-17). Los vivos tienen la oportunidad de hablar ahora. Una vez que dormimos, nuestra voz queda en silencio. Di las palabras que sanan, bendicen y edifican. No dejes otra carta sin enviar.
2. El amor se dice, no se supone
Suponemos que los demás conocen nuestros sentimientos e intenciones. Pero el amor debe decirse con claridad, constancia y sinceridad. Jesús no dio por sentado su amor a sus discípulos: lo dijo y lo demostró. Les lavó los pies (S. Juan 13:1–17). Los llamó amigos (S. Juan 15:15). Y cuando Lázaro murió, Jesús lloró (S. Juan 11:35) porque, aunque sabía que lo despertaría, se separarían temporalmente.
Creemos que la muerte es una pausa hasta la segunda venida de Cristo, pero es demasiado tiempo para dejar palabras sin decir. Los muertos nada saben (Eclesiastés 9:5) y no pueden oír nuestras oraciones ni sentir nuestro dolor. Di “Te amo”, “Te perdono”, “Estoy aquí”. Porque cuando la silla está vacía, ya es tarde para llenarla de palabras.
3. El legado se escribe en conversaciones
Tardé más de 24 horas en llegar a la cama donde mi padre me esperaba. Sus últimas palabras fueron: “¡Apúrate, que te espero!”.
Mi viejo había sido ciclista hasta los 73 años, un año antes de que el cáncer lo detuviera. Sabía que me esperaría. . . y cumplió. Llegué catorce horas antes de que muriera. No me enfoqué en despedidas, sino en recordarle cuánto lo amaba Dios. No sé si me escuchaba, pero todos necesitamos saber que hay esperanza.
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. . .” (S. Juan 11:25, 26).
El legado no es lo que construimos, alcanzamos o donamos. El legado se escribe en conversaciones: cómo hicimos sentir a las personas, las historias que contamos y en las verdades que transmitimos. Deuteronomio 6:6 y 7 dice: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos. . .”. El legado es lo que transmitimos en conversaciones intencionales, sinceras y, a veces, incómodas. Comparte tu fe. Cuenta tu historia. Deja un rastro de verdad que conduzca a Jesús.
No hay línea espiritual directa con los que han partido. Por eso, nuestro legado debe construirse mientras estamos vivos. La resurrección nos reunirá (1 Corintios 15:51, 52), pero hasta entonces, nuestras palabras son semillas que plantamos en los corazones de quienes amamos.
Habla antes del silencio
- La muerte puede ser un sueño, pero el silencio antes de morir es una elección. Tienes aliento, tiempo, palabras. . . ¡úsalas!
- Di lo que necesitas decir. No solo lo dramático, sino lo cotidiano: afirmaciones, disculpas, bendiciones. Una vez que duermes, tu voz también descansa.
- Y cuando Jesús regrese, que tus seres queridos se levanten con el eco de tus palabras resonando en sus corazones.
El autor coordina las actividades de ministros cristianos voluntarios en el sur de Florida. Escribe desde Miami, Florida.