En su poema Hay un día feliz, el poeta chileno Nicanor Parra describe el día en que, después de mucho tiempo, volvió a su pueblo y se puso a recorrerlo. Vio la oficina de correos en la esquina de la plaza, a su abuela con su mirada celeste, aspiró el olor de las violetas que su abnegada madre cultivaba para curar la tos y la tristeza. Contempló todo: las golondrinas en la torre mayor de la iglesia, el musgo en las tapias, las ovejas que volvían del campo, el árbol que su padre plantó frente a la puerta. Luego de recorrer las viejas calles, muy cerca del ocaso, al dirigirse a su casa, el poeta dijo con un suspiro:

Todo está igual, seguramente, el vino y el ruiseóor encima de la mesa, mis hermanos menores a esta hora deben venir de vuelta de la escuela. ¡Solo que el tiempo lo ha borrado todo, como una blanca tempestad de arena!

¿Quién no se ve retratado en estos versos? ¿Quién no ha sido golpeado por la misma realidad: que el tiempo ha envejecido a su pueblo, y que sus vientos implacables se han llevado la juventud, las cosas y las almas? Puede ser que mientras perseguíamos la prosperidad y la felicidad en otro lugar dejamos atrás lo mejor: la gente que lloraba y reía con nosotros.

Por eso, este Día de Acción de Gracias haríamos bien en apresurarnos hacia el hogar y, ante la mesa de la gratitud, expresar el amor que nuestra familia merece y necesita. Si eso no es posible, podemos acudir a los amigos, esos que ejercen la función de familia y, junto a ellos, hacer nuestro el mandato divino para los hebreos de antaóo: “Y comerás allí delante de Jehová tu Dios, y te alegrarás tú y tu familia” (Deuteronomio 14:26).

Sí, acudamos ante la mesa de la gratitud junto a nuestros amados; no sea que cuando lo intentemos el tiempo lo haya borrado todo, “como una blanca tempestad de arena”.

El autor es redactor de El Centinela.

El retorno

por Alfredo Campechano
  
Tomado de El Centinela®
de Noviembre 2018