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Este mes se celebra en los Estados Unidos el Día de Acción de Gracias. Esta costumbre, que data del tiempo de las primeras colonias de Occidente en el noreste de América del Norte, provee un marco festivo para recordar las razones que cada uno de nosotros tiene para estar agradecido.

El Día de Acción de Gracias es esencialmente un feriado secular, pero no podría ser celebrado adecuadamente sin un componente religioso. Una escritora inglesa del siglo XIX, Harriet Martineau era conocida por su ateísmo. Un día, cuando disfrutaba el encanto de una mañana de otoño, se le escaparon las palabras: “Oh, ¡estoy tan agradecida!” Su compañera, que era creyente, enseguida le dijo: “¿Agradecida a quién, querida?”

Si se nos preguntara por qué estamos agradecidos a Dios, ¿cuál sería nuestra respuesta? ¿Guardaría relación con nuestro estado de salud? ¿Con la cantidad de nuestras pertenencias? ¿Quizá con nuestra situación social o monetaria? La experiencia (propia y ajena) me enseña que no es lo que poseemos lo que garantiza nuestro bienestar. Ni siquiera algo tan básico como la salud lo asegura. Ante nada, el agradecimiento es una actitud del corazón que nos permite captar la bondad del mundo que nos rodea, a veces en circunstancias que externamente parecieran negar los motivos de nuestra sensación de bienestar.

El don del contentamiento

Uno de los grandes componentes de un espíritu agradecido es el contentamiento o conformidad. Bud Robinson fue un predicador protestante en Norteamérica a comienzos del siglo XX. En una ocasión fue llevado a Nueva York por varios amigos, quienes le dieron una gira de la ciudad. Esa noche dijo en sus oraciones: “Señor, gracias por dejarme ver todas las maravillas de Nueva York. Y te doy las gracias sobre todo porque no vi ni una cosa que desearía tener”.

El apóstol Pablo habló en varias ocasiones de la virtud del contentamiento respecto a las posesiones materiales. En 1 Timoteo se encuentra una expresión sucinta de su pensamiento al respecto:

“Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Timoteo 6:6-10).

El contentamiento no es tener todo lo que queremos, sino no querer todo lo que vemos. En el ambiente comercializado y consumista de la sociedad actual, es difícil no sentir deseos de obtener y acumular cada vez más cosas y experiencias. Podríamos referirnos a este afán como codicia; en esencia, sentir que nos falta algo. Por otra parte, según se emplea la palabra en las Escrituras, el contentamiento es un sentido de suficiencia, capacidad y satisfacción, y es difícil que seamos felices sin una dosis importante de este sentimiento.

La bendición de la fe

A veces estamos tan preocupados por obtener lo que no tenemos, que ignoramos lo que ya poseemos. Vivimos anhelando cosas, haciendo planes, esperando fechas, deseando ser lo que no somos. Y perdemos de vista el momento, el tiempo que pasamos en compañía de nuestros seres amados, la sonrisa de un niño, la belleza y el aroma de las flores, la puesta del sol. Comemos a la carrera, llenos de trajines y desazón; descansamos poco y vivimos mal.

Por otra parte, tampoco debiéramos sentirnos satisfechos o contentos con condiciones que podríamos mejorar si solo nos esforzáramos un poco más. El contentamiento no elimina las sanas ambiciones. Podemos desear y trabajar por una educación para nosotros y nuestros hijos. Podemos aspirar a mejores empleos y mejores salarios. Podemos cambiar nuestro estilo de vida en busca de una mejor salud. Pero en el proceso de luchar por mejores condiciones, podemos vivir una vida de contentamiento en el marco de una confianza permanente y fructífera en Dios.

Vivamos agradecidos. No caigamos en las garras del materialismo. No seamos víctimas de nuestras ansias de éxito, de la inmoralidad de nuestros tiempos. Dios se alegra de nuestras satisfacciones, pero también se ocupa de nuestro dolor más profundo, escucha nuestro clamor, sufre con nosotros. En las palabras del rey David: “El es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; el que sacia de bien tu boca, de modo que te rejuvenezcas como el águila” (Salmo 103:3-5). ¿Acaso esto no es una razón magnífica para estar agradecidos?


El autor es el director de EL CENTINELA

Razones para dar gracias

por Miguel A. Valdivia
  
Tomado de El Centinela®
de Noviembre 2012
  

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