Te has sentido alguna vez carcomido por la ansiedad? ¿Han flaqueado tus piernas y temblado el labio inferior de tu boca ante un peligro inminente que considerabas insuperable?

La mayoría de los seres humanos vive bajo una nube de ansiedad. Quien no es esclavo de la necesidad lo es del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen.

Todos alguna vez en la vida hemos sentido en el estómago ese cosquilleo molesto, esa inseguridad latente que se despierta como volcán encendido ante algo que no podemos enfrentar. La ansiedad es la experiencia anticipada del fracaso. Y pesa más en nuestro corazón que el mal que la provoca.

El salmista se “deshace” de ansiedad. El verbo que usa en hebreo, dalaf, aparece solo tres veces en el Antiguo Testamento. En Eclesiastés 10:18, Salomón dice: “Por la flojedad de las manos se llueve [dalaf] la casa”. Job dice: “Ante Dios derramaré [dalaf] mis lágrimas (16:20). En la versión Septuaginta, nuestro versículo reza: “Adormecióse [dalaf] mi alma de hastío”.*

A veces nos sentimos “llovidos, derramados y adormecidos” ante los problemas de la vida. Pero es mejor deshacerse de pena que tener el corazón endurecido. El Señor se deleita en sanar las heridas del alma quebrantada. La oración es una bendición poderosa en momentos de ansiedad.

La forma de la ansiedad tiene la forma de nuestra historia. La ausencia de un padre o de una madre en la infancia nos lega un tremendo peso de ansiedad para toda la vida. Vamos cargando con ella silenciosamente, sin que nadie se dé cuenta, dejando apenas huellas casi imperceptibles de nuestras luchas internas. Sabemos que “la procesión va por dentro”. David sintió que su vida se llovía, se derramaba, se adormecía por la ansiedad. Por eso clama a Dios: “Susténtame según tu Palabra. . . [porque] escogí el camino de la verdad” (Salmo 119:28, 30). Se veía con el derecho de reclamar, porque podía decir: “En mi corazón he guardado tus dichos” (vers. 11).

Quizá hoy te sientas como David. ¡Gracias, Jesús, por la oración, que disipa la ansiedad como el sol las tinieblas de la noche!

* Francis D. Nichol, editor, Comentario bíblico adventista del séptimo día, tomo 3 (Boise, Idaho: Pacific Press, 1984), pp. 910.

El autor es director de El Centinela.

Superando la ansiedad

por Ricardo Bentancur
  
Tomado de El Centinela®
de Octubre 2019