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Wilfredo era el borrachito del barrio donde íbamos a la iglesia. Recuerdo vívidamente la última vez que lo vi. El servicio vespertino del domingo había terminado y yo regresaba a casa con mi padre. Wilfredo estaba echado sobre la acera de un callejón pestilente, a dos cuadras de la iglesia, a unos pasos del bar. Harapiento, maloliente, revolcándose en su vómito, Wilfredo gritaba:

“¡Ayúdenme! ¡Por favor! ¡Alguien. . . ayúdenme!”

Wilfredo había sido miembro de nuestra iglesia, y en los años tiernos de mi juventud yo no entendía por qué se había apartado de Dios y había vuelto a beber. Su conducta era irracional. Yo pensaba: ¿Cómo puede alguien dejarse atrapar por el vicio? ¿Cómo puede rebajarse tanto? No me atrevía a tocarlo. Su aspecto y el mal olor eran repulsivos. Varias veces mi padre trató de levantarlo.

“Carlos —imploraba Wilfredo, llorando—. ¡Ayúdame. . . ayúdame! ¡No quiero ser así!”

La imagen de Wilfredo se grabó para siempre en mi memoria. Mientras regresábamos a casa, mi padre intentó explicarme algo que entendí muchos años después, a través de mi propia experiencia: no basta con querer ser bueno. Todos queremos ser buenos; pero hay una realidad chocante, una batalla que se libra en el campo de la naturaleza humana, algo que va más allá del deseo, que anida en el ámbito de las inclinaciones, de las luchas internas que vivía Wilfredo y que vivimos todos. Tiene que ver con una condición del corazón.

Aquella noche yo discutía con mi padre sobre la falta de disciplina de Wilfredo y su debilidad para sobreponerse al vicio.

—¿Qué es eso de que se siente impotente ante su debilidad?

—La Biblia enseña que los seres humanos somos libres para tomar decisiones y, por lo tanto, responsables por nuestros hechos y aun por nuestros pensamientos. Wilfredo no quiere vivir así; sin embargo, admite su impotencia frente al vicio.

—Está pecando a conciencia —decía yo, mientras mi padre escuchaba pacientemente—. él no tiene por qué conducirse así.

Yo pensaba que la solución era sencilla: Wilfredo tenía que dejar de tomar. Estoy seguro de que Wilfredo había escuchado esto muchas veces, y que él admitía su pecado y su necesidad, que sabía lo que tenía que hacer para salir del abismo. Pero su problema no era la falta de conocimiento sino la falta de fuerzas para cambiar.

La tendencia al mal

Como criaturas libres, somos responsables por nuestros pecados, pero esto es solo parte de la verdad. Lo que yo omitía inconscientemente al juzgar a Wilfredo es que poseemos una naturaleza que nos induce al mal. Aunque quiera ser virtuoso, el hombre no tiene fuerzas para cambiar. Wilfredo y tú y yo necesitamos un Salvador.

La Biblia revela que aunque tenemos libertad para elegir no pecar, no tenemos fuerzas para alejarnos del mal. Esto no nos exime de la responsabilidad por nuestras decisiones. En otras palabras, estamos encerrados, aprisionados, o como la Escritura declara, “esclavizados al pecado”. San Pablo lo expresa así: “Yo sé que en mí, esto es, en mi carne [naturaleza humana], no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos 7:18, 19). Como un eco resuenan en mi mente los clamores de Wilfredo: “¡Ayúdenme! ¡Ayúdenme! ¡No quiero ser así!”

El libre albedrío

Dios nos creó con el don de la libertad. En el Edén, Adán y Eva tenían la posibilidad de tomar buenas decisiones y evitar las malas. No conocían el mal; por ello no lo apetecían. Si hubieran tomado buenas decisiones, hoy no tendríamos problemas. Pero decidieron desobedecer a Dios, y ahora tenemos un gran problema: la tendencia al mal. Parte de este problema es que no disfrutamos del mismo tipo de libertad que ellos tenían. Nuestra libertad tiene un elemento adicional: el pecado. Es cosa de herencia. Provenimos de unos padres que comieron el fruto prohibido. Aunque somos libres, por la tendencia al mal nos es difícil luchar con las tentaciones.

En síntesis, nuestra libertad está infectada y sometida por una naturaleza pecaminosa (ver Romanos 7:5). Esto no es difícil de entender. Solo hazte un examen de conciencia.

La provisión divina

Jesús no nos deja en esta condición desesperada. Y esta es la buena noticia: la solución al problema de Wilfredo, al tuyo y al mío es Cristo. él vino a devolvernos la libertad que disfrutaban nuestros primeros padres, a libertarnos del pecado. Con su sangre pagó el precio de nuestra libertad, pues “la paga del pecado [de nuestro pecado] es muerte” (Romanos 6:23). San Pablo lo explica así: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Romanos 6:22). Ya Cristo había comprado nuestra libertad antes de la fundación del mundo. Desde entonces él ofreció su vida por Wilfredo, por ti y por mí. San Pablo escribió: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:3, 4).

Si miras a la cruz del Calvario, verás al Hijo de Dios entregando su vida aun por quienes lo desprecian. ¿Habrá mayor manifestación de amor y gracia? La Escritura expresa mejor lo que intento decir: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros” (1 Pedro 1:18-20).

No sé qué ocurrió con Wilfredo después de aquel encuentro. Con expresiones suavizadas por el amor de Dios, mi padre intentó explicarle que la ayuda por la que clamaba venía solo del cielo.

—Escucha, Wilfredo —le decía mi padre—. Jesús es elúnico que puede liberarte del vicio que te domina.

Y yo al fin comprendí que Jesús decidió entregar su vida por mí, y también por Wilfredo, aunque este no tuviera fuerzas para vencer su adicción. Este es el Salvador que necesito yo, y el Salvador que necesitas tú.

El autor coordina las actividades de las iglesias adventistas de habla hispana en Florida.

El Salvador que tú necesitas

por Allan Machado
  
Tomado de El Centinela®
de Octubre 2016