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Hay en el ser humano un anhelo de felicidad. Y nos esforzamos por alcanzarla, aunque no sepamos cómo.

Salomón

Hubo una vez un personaje que se afanó en la búsqueda de la felicidad: Salomón. El rey, quien fuera escritor, en un libro testimonial, El Eclesiastés, narra su búsqueda.

Salomón escribió en hebreo. En las primeras oraciones de su libro utiliza cinco veces una palabra que traducimos como “vanidad”. Cuán importante debió ser para él ese concepto. La palabra en el original hebreo es hebel, que significa “vapor”. “Vanidad” y “vapor” son lo mismo. Siendo más fieles al texto original, podríamos leer así este pasaje de Eclesiastés 1:2: “Vapor de vapores, dijo el Predicador; vapor de vapores, todo es vapor”.

La búsqueda

Salomón estaba hablando de la vida misma, de la esencia de lo que somos y de todo lo que podemos construir. “Vapor de vapores”. ¡Cuánta razón tenía el sabio! Así describió lo efímero de nuestra existencia, y manifestó nuestra incapacidad de producir cosas sustanciales y trascendentes. Salomón llegó a esta conclusión luego de afanarse en la búsqueda de la felicidad.

Como gran buscador de la felicidad, Salomón probó todo, y confesó desencantado: “A la risa dije: Enloqueces, y al placer: ¿De qué sirve?” (Eclesiastés 2:2). La expresión “a la risa dije: enloqueces” significa: “reír hasta enloquecer”. El sabio no se perdió ni una fiesta. Probó todos los deleites, y ante cada forma de placer preguntaba: “¿De qué sirve esto?”

Pero no fue en el placer desmedido y en la fortuna donde Salomón encontró la felicidad deseada. Al contrario, todo eso es parte de ese vapor del que escribió.

En El Eclesiastés, el Sabio enumeró las cosas que probó y acumuló en su intento. Dijo: “Engrandecí mis obras, edifiqué para mí casas, planté para mí, viñas”. Nota que todas esas expresiones están en plural. Siguió diciendo: “Me hice huertos y jardines, y planté en ellos árboles de todo fruto. Me hice estanques de aguas, para regar de ellos el bosque” (vers. 4-6). Así se contabilizaba entonces la riqueza. Por si eso no bastara, él agregó: “Compré siervos y siervas, y tuve siervos nacidos en casa; también tuve posesión grande de vacas y de ovejas, más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén. Me amontoné también plata y oro, y tesoros preciados de reyes y de provincias; me hice de cantores y cantoras, de los deleites de los hijos de los hombres, y de toda clase de instrumentos de música” (vers. 7, 8).

Salomón prosiguió: “Fui engrandecido y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; a más de esto, conservé conmigo mi sabiduría. No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno” (vers. 9, 10). Y así fue. En esta búsqueda, Salomón llegó a tener 700 esposas y 300 concubinas (1 Reyes 11:3).

Mira cómo concluyó el Sabio esta parte de su libro: “Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era [vapor] y aflicción de espíritu, y sin provecho” (Eclesiastés 2:11). Ante esta realidad, Salomón se decepcionó, y cayó en el desaliento, pues confesó: “Entonces dije yo en mi corazón: Como sucederá al necio, me sucederá también a mí. ¿Para qué, pues, he trabajado hasta ahora por hacerme más sabio? Y dije en mi corazón, que también esto era [vapor]” (vers. 15). ¿Por qué? “Porque ni del sabio ni del necio habrá memoria para siempre; pues en los días venideros ya todo será olvidado, y también morirá el sabio como el necio” (vers. 16).

En otras palabras, el Sabio reflexionó así: “Al final, ¿por qué me esforcé tanto para tenerlo todo, alcanzar todo, conquistar todo, si a fin de cuentas me voy a morir tan infeliz como cualquiera que nunca logró nada?” Y expresó su dolor: “Aborrecí, por tanto, la vida, porque la obra que se hace debajo del sol me era fastidiosa; por cuanto todo es [vapor] y aflicción de espíritu” (vers. 17).

La clave de la felicidad

Luego de esta nota negativa ante la realidad humana, Salomón advirtió que era indispensable introducir en su experiencia un nuevo factor que lo ayudara a encontrar lo que desea. Entonces dijo: “He entendido”, como diciendo: “¡Un momento! Hasta aquí las cosas fueron de una manera, pero ahora entendí. ¡Ya entendí!”

¿Y qué entendió? “Que todo lo que Dios hace es eterno”. ¡Espera! ¿De quién hablaba el Sabio? ¡Ah! ¡Hay un nuevo elemento dentro de la ecuación de la vida! Hasta ahí, todo giraba en torno de él: sueños, objetivos, deseos, logros, conquistas, posesiones. Pero entonces introdujo al único capaz de llevarnos a trascender más allá de nuestra realidad finita. Dijo: “He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo” (Eclesiastés 3:14). Contrario a la experiencia humana, que es efímera, la vida puede tener principio, pero no tendrá final, porque lo que Dios hace es eterno, perpetuo.

Dios es el único que puede llevar al hombre a trascender más allá de los límites humanos. ¡él, solo él! Y Salomón lo entendió. La felicidad resulta de permitir que Dios actúe en nuestra vida.

Por eso, el Sabio también dijo: “Sobre aquello [sobre lo que Dios hace] no se añadirá, ni de ello se disminuirá” (vers. 14). No se añade porque es completa; no se disminuye porque es perfecta. Esa “obra divina” es la que me completa, pues, por su perfección llena mi vacío interior. En otras palabras, lo que tú y yo necesitamos para alcanzar la ansiada felicidad es que Dios comience su obra en nuestro corazón. Cuando esa obra comience, nuestra experiencia será trascendental. Podremos vivir más allá de los límites de la historia humana, porque los que viven con Dios y dejan que él se haga cargo de sus vidas “han pasado de muerte a vida” (S. Juan 5:24), para vivir una experiencia de eternidad desde ahora. Por eso, Dios, cuando nos visitó, plenamente humano en la persona de Jesús, expresó esta realidad: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (S. Juan 10:10).

La vana búsqueda del poder

Tomaba Diógenes el sol, cuando Alejandro Magno pasó por ahí y le dijo:

—Si tengo una nueva oportunidad de regresar a la tierra, le pediré a Dios que me convierta en Diógenes.

—¿Quién te impide serlo ahora? ¿Adónde vas? Durante meses he visto pasar ejércitos ¿Adónde van, para qué? —preguntó el filósofo.

—Voy a la India, a conquistar el mundo.

—¿Y después?

—Después voy a descansar.

Diógenes se rio, y se atrevió a decir:

—Estás loco. Yo estoy descansando ahora. No he conquistado el mundo y no veo la necesidad de hacerlo. Si no descansas ahora, nunca lo harás, sino que morirás. Todo el mundo se muere en el camino, en medio del viaje.

Alejandro dijo que lo pensaría, pero que no podía detenerse. Cerca de la India, los soldados retrocedieron. Alejandro se detuvo en Babilonia, donde murió a la mitad del viaje de regreso, y no pudo volver a casa, a descansar.*

* https://sites.google.com/site/filosofiaparaalgunos/diogenes-y-alejandro-magno.

El autor es promotor de El Centinela. Este artículo fue adaptado de su libro Todo es posible, publicado por Pacific Press®. Si desea conseguirlo, llame al 1-888-765-6955, o vaya a www.LibreriaAdventista.com.

La búsqueda de la felicidad

por Julio Chazarreta
  
Tomado de El Centinela®
de Febrero 2020
  

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