Desde el primero de enero hasta el 15 de mayo de 2017, aproximadamente a las 6 de la tarde, 147.943.000 toneladas de desechos contaminantes habían sido añadidas al ambiente alrededor del mundo. Dado que compartimos el planeta con todo otro ser viviente, esta introducción incesante de desechos nos afecta a todos, no importa donde vivamos.

Hay muchos tipos de contaminación, pero lo que más nos perjudica es la contaminación del agua y el aire. A grandes rasgos, sus efectos van desde cambios climáticos hasta la contaminación de alimentos y problemas crónicos de la salud.

Cuando el agua se contamina

El agua puede ser fácilmente contaminada. El consumo de agua contaminada causa enfermedades como la amebiasis, la fiebre tifoidea y las parasitosis. Cuando la contaminación incluye metales pesados como el plomo o el mercurio, pesticidas o hidrocarburos, puede causar problemas hormonales y reproductivos, daños al sistema nervioso y el hígado, y en el caso del mercurio, enfermedades cardíacas, el mal de Parkinson y el de Alzheimer.

Bañarse en una playa contaminada puede causar erupciones en la piel, hepatitis, gastroenteritis, diarrea y vómito. Comer peces o mariscos contaminados puede resultar en serias reacciones alérgicas y aun la muerte.

El nitrato, utilizado en fertilizantes, a menudo contamina el agua en zonas agrícolas. Si un bebé toma agua con un contenido elevado de nitratos, los resultados pueden ser fatales. Los síntomas incluyen falta de aire y un tinte azul en la piel, una condición conocida como “el síndrome de bebé azul”.1

Venenos en el aire

La contaminación del aire es una de las mayores amenazas ambientales para la salud de los niños, en parte porque los niños tienen un sistema respiratorio inmaduro, y por el hecho de que tienden a pasar más tiempo fuera de casa en las tardes y durante las vacaciones escolares. Por diseño, los niños respiran mayor cantidad de aire proporcionalmente que los adultos, por lo tanto ingieren una cantidad mayor de sustancias tóxicas según su peso.

Un estudio reciente demostró una relación entre la exposición de las madres embarazadas al aire contaminado y una mayor incidencia de abortos, nacimientos prematuros, deformaciones cardíacas congénitas y bajo peso en recién nacidos.2 En cambio, cuando se disminuye la exposición a la contaminación ambiental, disminuyen también los casos de enfermedades respiratorias, como la bronquitis crónica.

Los contaminantes más reconocibles son los producidos por la combustión ineficiente de motores empleados en el transporte, o la quema de combustibles para la calefacción u otros procesos que producen energía. Sustancias presentes comúnmente en la atmósfera son el dióxido de sulfuro, los óxidos de nitrógeno, el monóxido de carbono y los compuestos orgánicos.3

Cuando respiramos aire contaminado, aumenta el riesgo de contraer asma y otras enfermedades respiratorias. Cuando nos exponemos al ozono durante más de seis horas diarias, nuestros pulmones pierden capacidad y se inflaman. Debido a que la mayoría de los contaminantes en el aire son cancerígenos, vivir en una zona contaminada aumenta el riesgo de contraer cáncer. La irritación producida por el aire contaminado hace que los habitantes de grandes ciudades tengan mayor incidencia de tos y dificultad para respirar.4

Pero el peligro no se limita a la respiración. Las sustancias tóxicas suspendidas en el aire caen sobre las plantas y las fuentes de agua. Los animales comen las plantas contaminadas y beben el agua; así los venenos son transmitidos a los seres humanos.

Venenos en el cuerpo

Es verdad que los avances químicos han producido grandes mejoras en la calidad de vida. Se han desarrollado sustancias que controlan los insectos, sacan manchas de las alfombras y la ropa, y sanan enfermedades, pero la presencia de esta cantidad innumerable de productos químicos está causando nuevos desafíos.

El periodista estadounidense David Ewing Duncan decidió averiguar cuáles sustancias químicas podían detectarse en su cuerpo, pues muchas de estas sustancias no son procesadas por el cuerpo humano. El análisis descubrió la acumulación de unas 320 sustancias a lo largo de su vida, algunas por medio de los alimentos y el aire, otras por los productos en contacto con su piel. Su cuerpo contenía sustancias ingeridas en su niñez: pesticidas antiguos como el DDT y el PCB; también contenía plomo, mercurio, pesticidas más nuevos y moléculas de plástico.

Aunque estas sustancias aparecen en niveles muy bajos, también es verdad que hay varias enfermedades que están aumentando misteriosamente. El autismo se ha multiplicado diez veces desde comienzos de la década de 1980; un tipo de leucemia ha aumentado en un 67 por ciento, y los defectos en los varones recién nacidos se han duplicado. También el cáncer de cerebro entre los niños ha aumentado en un 40 por ciento. Algunos expertos sospechan que estas fluctuaciones se deben a las sustancias artificiales que se encuentran en los alimentos, el agua y el aire, aunque no hay evidencias firmes al respecto.5

En 2012, una directora de una organización defensora de la salud ambiental entregó muestras de sangre, saliva y orina para ser analizadas. A pesar de estar empapada de información respecto de la contaminación, quedó sorprendida por la presencia de sustancias asociadas con el cáncer, los defectos de nacimiento, y problemas endocrinológicos.6

Por cierto, la Sociedad de Endocrinología, una asociación internacional de médicos especializados en el sistema hormonal, ha declarado que existe una asociación entre la exposición a las sustancias químicas que afectan la producción de hormonas y el aumento de la diabetes y la obesidad. Estas sustancias también están asociadas con la infertilidad, el cáncer de próstata, el cáncer testicular, el cáncer del pecho, de los ovarios y del útero.7

¿Cuál debe ser nuestra reacción?

No podemos ignorar los efectos de la contaminación. Debemos tomar precauciones.

Algunas medidas posibles son:

  1. Esté atento a los niveles de contaminación. Cuando se anuncia que la calidad del aire es baja, utilice el aire acondicionado y permanezca dentro de la casa con su familia.
  2. Evite el uso de vehículos motorizados de ser posible. Viaje en grupos, use el transporte público, use la bicicleta o camine.
  3. Si tiene un bebé, amamántelo naturalmente. Los niños alimentados con leche materna pueden librarse mejor del efecto de partículas tóxicas.
  4. Recicle. Contribuya a mejorar el ambiente, no a empeorarlo.
  5. Elija alimentos orgánicos, desarrollados con un uso mínimo de sustancias artificiales.
  6. Consuma agua filtrada. Instale filtros para evitar el uso de agua embotellada.
  7. Instrúyase sobre el tema y haga los cambios necesarios para prevenir los problemas de salud cuyas causas han sido identificadas.

La protección del ambiente nos ubica en consonancia con el Creador. Cuando Dios creó a los primeros seres humanos, los designó mayordomos del ambiente y usuarios responsables de los recursos de la naturaleza. Cuando concluyó la semana de la creación declaró que toda su obra era buena “en gran manera” (ver Génesis 1:31). Oigamos y cumplamos el deseo divino: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud” (3 Juan 2).

El autor es ministro cristiano, escritor y editor. Escribe desde Calhoun, Georgia.

Cómo la contaminación ambiental afecta nuestra salud

por Miguel A. Valdivia
  
Tomado de El Centinela®
de Agosto 2017