Después de conocer a Pedro (nombre ficticio), condenado a cadena perpetua en la cárcel de Pendleton, Oregón, entendí en la práctica el significado de la palabra libertad. Guardo en mi memoria la primera vez que fui a conocer y a predicar en la intrigante iglesia adventista dentro de aquella cárcel. Desde una ventana veía a los reclusos caminar por el patio, subir las angostas escaleras de metal e ingresar en un salón donde un grupo de voluntarios, con una gran sonrisa, les daban la bienvenida a su iglesia en la prisión.

Dadas las circunstancias y las altas condenas de la mayoría de los reclusos, yo había imaginado un cuadro desalentador, pero me sorprendieron las sonrisas y las manifestaciones de gozo. Nunca había escuchado a un coro de hombres cantar con tanto entusiasmo en una iglesia como el que escuché esa noche. Motivados por un recluso que dirigía la alabanza, y la música de una guitarra, alababan al Creador con cánticos de libertad. Aunque estaba atónito con lo que sucedía, una excepción captó mi atención: era Pedro, quien permanecía cabizbajo, mirando fijamente el suelo.

Al paso de las semanas y de los servicios religiosos de los viernes y sábados, Pedro fue ganando confianza y, a pesar de que seguía mirando al suelo, un día me dijo tímidamente al salir: “¿Podría visitarme para hablar con usted?” Accedí y procedí a realizar el trámite para visitarlo en privado. El día seóalado, entre lágrimas, Pedro me dijo: “Estaré en prisión el resto de mi vida; lo merezco, pero quiero aprender a vivir en libertad. ¿Podría ayudarme?”.

¿Es posible vivir en libertad en una prisión de alta seguridad mientras se paga una merecida condena de por vida?

El Diccionario de la Lengua Espaóola comparte diferentes definiciones de la palabra “libertad”. La primera de ellas es: “Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”. Otra es: “Falta de sujeción y subordinación”; pero la definición que más me gusta es: “Estado o condición de quien no es esclavo, de quien no está preso”. La verdadera libertad no tiene que ver con un lugar o condición, sino con una decisión.

La libertad

“La libertad iluminando el mundo” es el nombre oficial de la Estatua de la Libertad, símbolo de la libertad y la democracia, ubicada en la entrada del puerto de Nueva York, al sur de la isla de Manhattan, en la denominada Isla de la Libertad, en inglés Liberty Island.

Los Estados Unidos son conocidos como la tierra de la libertad. Millones de personas sueóan con vivir aquí para gozar de libertad en todos los aspectos de la vida; sin embargo, las condiciones de libertad o esclavitud las crean las decisiones que tomamos cada día los habitantes de esta tierra americana y no la tierra en sí misma. La corrupción del ser humano le niega la libertad, pero el aprovechamiento de las oportunidades derrota la esclavitud. La celebración del Día de la Independencia y de la libertad de los Estados Unidos o del país donde vives debería ser más que un día de fiesta nacional. Debería inducir a la reflexión respecto al aprovechamiento de las oportunidades que cada día tenemos para ser menos cautivos de nosotros mismos y de las decisiones equivocadas que nos apresan, aunque no estemos confinados en una cárcel de alta seguridad.

Mi respuesta a la crucial pregunta de Pedro, condenado de por vida, fue con una gran sonrisa y el texto de San Juan 8:32: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Mi invitación a Pedro fue la misma que te hago hoy: Acepta la oportunidad que hoy tienes de conocer la verdad en Jesús, pues solo así podrás ser libre doquiera que estés.

Alabo a Dios porque Pedro aprovechó su oportunidad. Dos meses después dejó de mirar hacia el suelo, y con una mirada al frente y una gran sonrisa, tuve el privilegio de bautizarlo para iniciar una nueva vida en ese lugar donde hoy sigue gozando de libertad plena en Jesús.

Datos de la Estatua de la Libertad

  • El monumento demoró once aóos en ser construido, de 1875 a 1886, bajo la dirección del ingeniero franco-suizo Maurice Koechlin (1856-1946) y el artista y arquitecto francés Frédéric Auguste Bartholdi (1834-1904).
  • Es uno de los monumentos más conocidos del mundo, junto con el Cristo Redentor en Río de Janeiro, Brasil; la Gran Muralla, en China; y la torre Eiffel, en París, Francia.
  • Fue un regalo de Francia a los Estados Unidos, a propósito del primer centenario de la Declaración de la Independencia, firmada el 4 de julio de 1776, como símbolo de la amistad franco-estadounidense.
  • Pesa 225 toneladas, y desde el pedestal hasta el extremo más alto de la antorcha mide aproximadamente 93 metros de altura. Tiene 354 escalones en el ascenso a la corona.
  • Debajo de los pies tiene unas cadenas rotas que simbolizan la libertad de la esclavitud, y sobre su cabeza, una corona con siete puntas que representan los siete continentes.
  • En su mano derecha sostiene una antorcha, cubierta con láminas de oro de 24 quilates, que simboliza la libertad. En su mano izquierda sostiene dos tablas, en representación de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos.

El autor es ministro adventista. Escribe desde Orlando, Florida.

¡Libertad!

por Robert Amaya
  
Tomado de El Centinela®
de Julio 2019