“Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”. S. Juan 8:36.

El siglo XIX nos dio grandes libertadores, desde Washington e Hidalgo en el Norte hasta San Martín en el Sur, y los hermanos Maceo en el Caribe. Todos ellos liberaron a sus pueblos, pero hay uno que sobresale entre estos prohombres: Simón Bolívar. Bolívar sobresale por su ideal fraterno, pues además de liberar a su patria, buscaba la integración latinoamericana.

El Libertador de todos

Pero hay un libertador más grande que Bolívar. No es Nelson Mandela, aunque merece honores. No es Gandhi, aunque merece admiración. Es Jesucristo, el Libertador de la humanidad.

El imperio del pecado. Desde los primeros tiempos el hombre fue sometido por un tirano, el diablo. Antes de su vasallaje, Adán era fiel a Dios, mas cuando fue enajenado por Satanás, procedió a la inversa. En vez de pensar en el bien, como había sido su tendencia, comenzó a maquinar el mal. Por provenir del Adán pecador, todos los hombres fuimos esclavizados. La cadena que nos une a Satanás es esa tendencia perversa.

A causa de esa tendencia, Caín mató a su hermano y Moisés dudó de Dios. Sansón cayó ante Dalila, David fornicó y asesinó al marido de su amante, y Judas vendió a Cristo. Y nosotros no somos mejores. ¿Qué hubiéramos hecho si hubiéramos estado en las mismas circunstancias? Les tocó a los judíos matar a Cristo porque nació en su país. Si hubiera nacido en el nuestro, nosotros lo habríamos matado.

Pero un día llegó el Libertador Jesucristo, y el imperio del pecado se estremeció. Bastaba con que un hombre no pecara nunca para que el imperio del pecado se derrumbara. Cristo fue ese Hombre. La Biblia declara que fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15). Y él mismo dijo a sus enemigos: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (S. Juan 8:46). Porque Cristo venció el pecado, nosotros podemos ser liberados de sus cadenas.

El proceso de la liberación

La liberación del pecado. A fin de liberarnos, Cristo sigue un proceso. Cuando creemos en él como Salvador y lo recibimos como Señor de nuestra vida, nos libera de la condenación del pecado, pues, “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Así nos quita la primera cadena.

Desde entonces, y durante toda la vida, Cristo y su Espíritu realizan en nosotros una obra de santificación, para irnos liberando del poder del pecado. La segunda cadena va siendo destruida a medida que sumergimos nuestra voluntad en la de Dios. Se requiere una entrega total, como ocurrió con San Pablo, quien dijo: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios” (Gálatas 2:20).

Cuando nuestro Libertador venga del cielo y nos transforme y glorifique, nos librará de la tendencia del pecado. “Es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria” (1 Corintios 15:53, 54). Entonces caerá la última cadena. Libres para amarlo y servirlo, volveremos a la armonía con Dios. San Pablo lo dijo así: “Por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Corintios 1:30).

La liberación de la muerte. Cristo vino “para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebreos 2:14).

El diablo era el portero del cementerio, el enterrador de la humanidad. De los tres actores del drama del pecado en el Edén, solo el diablo sobrevive. Con excepción de Enoc y Elías, Adán y Eva y su milenaria descendencia han mordido el polvo del sepulcro. Y si Cristo no viene pronto, usted y yo también iremos a parar al valle de los descarnados.

Pero Cristo se impuso al imperio de la muerte. Le costó la vida. Vino “para destruir [la muerte] por medio de la muerte” (Hebreos 2:14). La única manera de vencer la muerte es morir y resucitar. Eso hizo Jesús. Ya lo había dicho: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar” (S. Juan 10:17).

Luego de resucitar, Cristo ascendió a los cielos a dar fe de su victoria, y llevó como testigos y trofeos terrenales a un grupo de santos resucitados que salieron de sus tumbas cuando él salió de la suya (ver S. Mateo 27:52, 53). Este fue el canto de los ángeles acompañantes al arribar a la Ciudad Celestial:

“Alzad, oh puertas, vuestras cabezas,

y alzaos vosotras, puertas eternas,

y entrará el Rey de gloria”.

Y los coros de ángeles que lo esperaban preguntaron jubilosos:

“¿Quién es este Rey de gloria?”

La respuesta declaró su triunfo y señorío, su valor y fortaleza:

“Jehová el fuerte y valiente,

Jehová el poderoso en batalla...

Jehová de los ejércitos,

él es el Rey de la gloria”

(Salmo 24:7-10).

Entonces Cristo presentó a los que lo acompañaban, los primeros prisioneros arrebatados al diablo, al sepulcro y al mundo (ver S. Mateo 27:51-53). Y se declaró para todo el universo:

“Subiendo a lo alto, llevó cautiva

la cautividad” (Efesios 4:8).

Satisfecho por el triunfo de su Hijo, Dios le dijo: “Siéntate a mi diestra” (Salmo 110:1).

La promesa

Muy pronto nuestro Libertador aparecerá en las alturas y proclamará su triunfo. Los que ahora lo esperamos en la tierra seremos trasladados por él a la casa del Padre. Los que murieron creyendo en Jesús, despertarán del sueño de la muerte, y también serán arrebatados hacia el cielo. Entonces, se acabarán nuestras penas, cesarán los quebrantos y lamentos, y una nueva era de gozo comenzará para usted y para mí (ver Apocalipsis 21:3, 4).

Lo invito a recibir a Cristo en su corazón, y a deleitarse en su promesa: “Yo vengo pronto” (Apocalipsis 22:12).

El autor es ministro adventista. Escribe desde Orlando, Florida.

El Libertador

por Heber López
  
Tomado de El Centinela®
de Julio 2017