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Gone with the Wind [Lo que el viento se llevó] ha sido y sigue siendo una de las películas más exitosas de Hollywood en toda su historia. Se trata de la guerra entre los yanquis del norte y los confederados del sur de los Estados Unidos. El tema de fondo en toda la trama es “la tierra”: la posesión de una propiedad agrícola dedicada al cultivo del algodón. El apego a la tierra, la defensa y el amor a la tierra hacen que Scarlett, la protagonista femenina, enfrente y venza todos los obstáculos que se le presentan para conservar la propiedad que su padre les había dejado en patrimonio.

La historia de la tierra. La historia de la tierra y la historia del hombre son una misma historia: con un mismo comienzo, con un mismo Creador, con una misma bendición que al entrar el pecado se convirtió en una misma maldición. Pero Dios les dio tanto al hombre como a la tierra la misma promesa de restauración, pues ambos son entes inseparables.

La tierra bendecida. De las manos del Creador sabio y todopoderoso salió una tierra bendecida. El texto fundamental de la historia de la tierra y del ser humano lo encontramos en el primer capítulo y el primer versículo de la Biblia: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). La verdad fundamental de la historia de la tierra y el hombre nos pone frente al maravilloso Creador de todo lo que existe en el planeta. Dios es la fuente, causa y origen de todo lo que más amamos y necesitamos para nuestra existencia. Después de crear las condiciones necesarias para la vida en la tierra, creó la primera pareja. Veamos el texto sagrado:

“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree… en todo animal que se arrastra sobre la tierra… Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla…Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:26, 28, 31).

Al salir de las manos del Creador el hombre y la tierra fueron inmensamente bendecidos. Todo era bueno en gran manera; es decir, insuperable en su condición. Todo era hermoso y perfecto. Una obra maestra a la que no se le podía añadir o quitar. Un ensueño feliz con música de alas y la policromía luminosa del Gran Artista del Universo. Todo tenía el sello divino. Era una tierra feliz, habitada por seres felices y bendecidos. Todo era una bendición. Pero Dios no solamente bendijo la tierra con árboles, frutos y flores, mariposas y aves, bestias y ríos para el bien del hombre, sino que le dio una bendición suprema que aseguraba la protección de todo aquello. Veamos el relato maravilloso de esta gran bendición:

“Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación” (Génesis 2:1-3).

El mensaje del sábado

Hay cosas importantes y dignas de notar y de recordar para siempre en el relato. En el día sexto Dios lo había creado todo. Pero le añadió un día más como sello de su autoridad y poder, y para que el ser humano supiera de dónde viene; para que reconociera a Dios como su Creador; para que lo amara por haberle dado la vida y para que lo adorara y obedeciera. El sábado no fue creado para los animales; los animales no adoran. El hombre no es un animal sino una creación especial de Dios. Fue creado a imagen y semejanza de su Creador. Dios actuó por ejemplo y por precepto. Dios reposó, o terminó su obra en el día séptimo. Dios bendijo el séptimo día como había bendecido a la tierra y al hombre. Y Dios santificó el séptimo día; es decir, lo hizo tiempo sagrado perpetuamente y para siempre. Un tiempo sagrado para que el ser humano expresara su amor adorándolo y obedeciéndolo.

La observancia del sábado está fundamentada sobre el principio del amor. El amor es el principio fundamental de la ley de Dios, así como el motor impulsor para obedecerla (ver S. Juan 14:15; 1 Juan 4:8). Al obedecer a Dios por amor, la prosperidad, la felicidad, la vida misma y la vida futura, les estaban garantizadas al ser humano. Pero ojo: Dios no bendijo ni santificó otro día de la semana sino al séptimo día. No guardar el séptimo día es actuar en rebelión contra la Palabra de Dios.

La maldición del hombre y de la tierra

La maldición vino al hombre y a la tierra por el pecado. El pecado produjo un cambio radical tanto en el hombre como en la tierra. Veamos en el relato bíblico cómo la bendición se convirtió en maldición por la desobediencia: “Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida” (Génesis 3:17). El pecado, la desobediencia, tornó la bendición del hombre y de la tierra en maldición. Se tornaron en un hombre maldito y una tierra maldita. El pecado es un ácido corruptor, y muy pronto el hombre y la tierra se corrompieron.

El hombre corrompió la tierra con sus actos pecaminosos. La Biblia dice: “Y se corrompió la tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia. Y miró Dios la tierra, y he aquí que estaba corrompida; porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra” (Génesis 6:11, 12).

La tierra llena de luz y esperanza

Desde el mismo comienzo de la maldición, Dios llenó al mundo de una bendita esperanza de vida y restauración. Esa esperanza tiene un nombre: JESUCRISTO.

El apóstol Pablo dice: “Y llegado el cumplimiento del tiempo Dios envió a su Hijo” (Gálatas 4:4).

El acontecimiento más grande de los primeros cuatro mil años de la historia del mal fue el aparecimiento de Aquel que es la luz y la esperanza del mundo (ver S. Juan 8:12). El plan divino para nuestra salvación y restauración consta de dos partes o fases: La primera venida de Jesucristo para pagar por nuestros pecados y quitarnos la maldición, y la segunda venida para terminar con la maldición y rescatar a sus criaturas.

La Tierra Nueva

En Apocalipsis 21:1, encontramos el equivalente de Génesis 1:1. Aquí tiene su comienzo la bendición eterna de la tierra: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más” (Apocalipsis 21:1). La cruel maldición del pecado, el dolor y la muerte será eliminada de la experiencia del hombre en su tierra. La misericordiosa mano de Dios limpiará toda lágrima y hará desaparecer todo vestigio de dolor y tristeza. “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:4).

Será una tierra sin lágrimas; una tierra sin enfermos ni muertos, sin la maldición del pecado o la transgresión de la Ley de Dios (ver 1 Juan 3:4). No más hospitales, no más enfermos, no más muertos ni cementerios.

“No dirá el morador: Estoy enfermo; al pueblo que more en ella le será perdonada la iniquidad” (Isaías 33:24). Los moradores de la Tierra Nueva habrán sido perdonados por Jesucristo en virtud de su muerte en el Calvario. “Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo” (Isaías 35:5, 6).

Todo esto pareciera un sueno fantástico, utópico e irrealizable si no hubiera un Dios que todo lo puede. Lo que nos queda es emprender el camino a la vida nueva y la Tierra Nueva. Ese camino es Jesucristo, y pasa por el arrepentimiento, el perdón y la obediencia santificadora a su Palabra. La Puerta, Jesucristo, está abierta para todo el mundo, y para ti y para mí. ¡Entremos por ella hoy mismo!


El autor es un estudioso de la Biblia, ministro y evangelista cristiano de trayectoria mundial. Escribe desde Silver Spring, Maryland.

La Tierra Nueva

por Eradio Alonso
  
Tomado de El Centinela®
de Julio 2012
  

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