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El Hamlet de Shakespeare lucha con la realidad del ascenso de un gobernante malvado. Hamlet siente que debe arreglar las cosas. “El tiempo se ha salido de quicio; oh, rencor maldito. ¡Es por eso que nací para enderezarlo!”

Los tiempos de Martin Luther King hijo fueron desarticulados en lo que respecta a los derechos civiles de los afroamericanos. El doctor King, entre muchos otros, atormentado por las visiones de linchamientos, bombardeos, cañones de agua, perros policías y encarcelamientos de manifestantes pacíficos, sintió el llamamiento a corregir los tiempos inconexos con un convincente sueño de libertad y justicia para todos.

El “tambor mayor por la justicia”, como quería ser recordado, aceptó el peso de la responsabilidad de la historia para el cambio y persiguió el sueño de un futuro mejor: un futuro libre del triple mal del racismo, la guerra y la pobreza. Ese sueño penetró en la conciencia estadounidense hace 55 años, el 28 de agosto de 1963, cuando más de 200.000 manifestantes participaron en la Marcha sobre Washington por el Empleo y la Libertad en la capital de la nación. Pero por poco no llega a suceder. El “discurso soñado”, que personas de todos los credos y etnias reconocen como uno de los eventos más memorables e inspiradores de la historia estadounidense, no estaba en las notas de King ese día.

King había compartido fragmentos del discurso del sueño en sermones y charlas antes de la Marcha de Washington, pero en esta ocasión optó por la metáfora del “cheque sin fondos”, respaldando el argumento de que los Estados Unidos no habían cumplido sus promesas de libertad e igualdad para los ciudadanos negros. No creía que pudiera combinar esa idea con los estribillos “del sueño” en los cinco minutos asignados a cada orador.

Cuando King comenzó a hablar, se atuvo a su texto preparado. Le recordó a su país el pagaré que garantizaba la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad para todos los hombres, un pagaré que había incumplido en lo que respecta a la gente de color. Cuando el final del discurso se acercaba, la cantante de góspel, Mahalia Jackson, que estaba sentada al alcance del oído del doctor King, de repente gritó: “¡Cuénteles del sueño, Martin!”

Podría argumentarse que sin esas palabras pronunciadas al oído del doctor King, mientras se dirigía a la multitud ese día, el “sueño” nunca podría haberse incorporado en el léxico estadounidense. King miró hacia la multitud. Como explicó más tarde en una entrevista: “De repente me vino a la mente algo que ya había usado muchas veces, lo de ‘tengo un sueño’, y simplemente sentía que quería usarlo ahí”. él dijo: “Les digo hoy, amigos míos, aunque enfrentamos las dificultades de hoy y de mañana, todavía tengo un sueño”.

Con la oratoria en crescendo, King pintó una imagen de los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos propietarios de esclavos sentados juntos ante la mesa de la hermandad. Soñaba con un día en el que los niños negros se unieran con los niños blancos, como hermanos.

Con todo el fuego y la elocuente pasión del predicador bautista que era, el llamamiento de King a dejar que la libertad resonara en cada “colina y montaña” transformó el mitin de los derechos civiles en una reunión de avivamiento. El sueño de King alimentó un movimiento y pinchó la conciencia de los Estados Unidos. Pero, ¿convirtió el alma del país? Más de medio siglo después, ¿está la nación más cerca de cumplir su promesa de libertad? ¿O el “Banco de la Justicia” sigue en quiebra?

De pie en los escalones del Monumento a Lincoln, quizá ni siquiera aquel soñador imaginó que 46 años más tarde, en el extremo este de la misma plaza, un afroestadounidense se pararía en los escalones del capitolio y juramentaría como el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos. Para muchos, la elección de Barack Obama representó la realización del sueño, la oportunidad de que el “cheque” finalmente fuera “cobrado”.

El remedio

Se han logrado muchos avances en la lucha por la igualdad racial. Como afroamericano, me he beneficiado de esos avances. Recuerdo haber comido en un restaurante en un Estado sureño durante un viaje de negocios en la década de 1990. Recuerdo haber reflexionado sobre la realidad de que treinta años antes no podría haber comido allí. Sin embargo, en el 55° aniversario del discurso de los sueños, los tiempos parecen “desarticulados” nuevamente, y más parecidos a la década de 1960 de lo que nos gustaría admitir. Los crímenes de odio, las protestas de la NFL, los controvertidos tiroteos policiales, el emergente nacionalismo blanco, los debates sobre las estatuas de confederados, las álgidas discusiones sobre la reforma migratoria, Charlottesville, Ferguson, “Black Lives Matter, White Lives Matter”, etc., son síntomas de que el cáncer del racismo ha revivido.

¿Por qué la recaída? ¿Por qué el sueño no se ha realizado completamente en 55 años? Quizás es porque hay un mandamiento que nunca se ha obedecido del todo en 2.000 años. Verá usted, mucho antes de que King tuviese un sueño, el Rey de reyes dio una orden: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos otros” (S. Juan 13:34).

¿Podría ser que, como dijo el senador Jeff Flake, “nuestra democracia está más definida por nuestra discordia y nuestra disfunción que por nuestros valores y principios”? ¿Es porque hemos elogiado al sueño, pero hemos ignorado el mandamiento?

El sueño se tarda porque el mandamiento no va más allá de la piel. Debe ir profundo, al corazón. El mandamiento es más que un sueño. El amor requiere más que corrección política, más que tolerancia. Requiere la muerte de uno mismo y la sumisión a otro mandato más de Cristo: “Os es necesario nacer de nuevo” (S. Juan 3:7). El amor va más allá del toque superficial; da origen a una nueva creación.

“El cristianismo no requiere ningún poder cuando su único desafío es hacer algo que ya es natural —escribió Spencer Perkins—. Pero se necesita un evangelio poderoso, un evangelio con agallas, para amarnos a través de todas las barreras que erigimos para enaltecer a los de nuestro bando y protegernos de nuestras inseguridades”.

Más que lugares comunes

Si Martin Luther King hijo sintió la “feroz urgencia del presente” en 1963 ¿cuánto más urgente es la necesidad de un evangelio con agallas hoy? Mientras los blancos que llevan antorchas desfilan por nuestras calles gritando frases fascistas de la década de 1930, ¿tendremos todos los cristianos el coraje de amarnos unos a otros como Cristo nos amó? A medida que los motines de las turbas negras saquean, vuelcan automóviles y queman locales comerciales ¿tendremos todos los cristianos el coraje de amarnos unos a otros como Cristo nos amó? ¿Iremos todos más allá de las perogrulladas y cumpliremos el mandato: “No amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18)?

Estas son algunas maneras de responder a esta crisis de amor:

  1. Confiese sus propios prejuicios. Sea honesto con Dios y admita sus prejuicios e inseguridades.
  2. Intente comprender incluso antes de que lo entiendan. Escuche, sin defenderse, las historias de las personas. Escuche su dolor sin juzgar, sea compasivo.
  3. Bendiga a los que lo maldicen. No devuelva mal por mal en persona ni por Internet. No permita que lo absorba el agujero del odio cuando es provocado por un mensaje o un tuit.
  4. Rechace todas las formas de discurso de odio. No insulte, y no lo sancione con su silencio cuando otros insulten (ver Efesios 4:29).
  5. Pase tiempo productivo con miembros de un grupo étnico o socioeconómico diferente.
  6. 6 Defienda a los indefensos. No tolere la injusticia hacia ningún grupo. Como dijo el Dr. King: “La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes”.
  7. Perdone. Así como Cristo lo ha perdonado, perdone usted también.

Cuando contemplo la cruz en que murió el Príncipe de gloria, veo un evangelio con agallas. “Un amor tan asombroso, tan divino, exige mi alma, mi vida, mi todo”, dijo Isaac Watts. Usted y yo no somos suficientes para tales cosas, pero la gracia de Dios es suficiente para nosotros.

El soñador se ha ido, pero el Rey todavía vive, y su mandamiento de amarnos aún importa. Si nos negamos a avergonzarnos de un amor como este, entonces podremos hacer más que soñar. King concluyó su “discurso del sueño” con estas memorables palabras: “Podremos acelerar ese día cuando todos los hijos de Dios, hombres negros y blancos, judíos y gentiles, protestantes y católicos, puedan unir sus manos y entonar las palabras del viejo canto espiritual negro: ‘¡Libre al fin, libre al fin! Gran Dios Todopoderoso, ¡somos libres al fin!’ ”

El autor es ministro adventista. Escribe desde Renton, Washington. Este artículo fue publicado originalmente en Signs of the Times® en abril, 2018.

Más que un sueño

por Randy Maxwell
  
Tomado de El Centinela®
de Junio 2018
  

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