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Cuando estamos enfermos queremos sanar pronto, porque toda enfermedad es incómoda e intimidante, y los remedios y tratamientos suelen ser dolorosos. Sobre todo, nos alarmamos cuando nuestros hijos caen en cama.

Mientras estemos en este mundo tendremos que lidiar con la enfermedad, la que puede trastornar la estabilidad de naciones enteras, y en algunos casos sobrepasar fronteras. Pero no solo hay enfermedades que afectan nuestra dimensión física; hay también una enfermedad que afecta la dimensión espiritual.

Un síntoma de la enfermedad espiritual es la desdicha. Hay quienes no están recluidos en un hospital ni sienten dolores ni tienen achaques, pero su alma está vacía, y tratan de llenarla como mejor pueden. Pero ese vacío espiritual no se llena con cosas o relaciones humanas, porque su remedio es de carácter espiritual. Es la enfermedad del pecado, cuyo virus fue inoculado en la raza humana poco después de la creación. El libro del Génesis informa que Adán y Eva decidieron separarse de Dios (ver Génesis 3:1-8). En ese mismo capítulo se prescribe el método de exterminio del virus del mal. El hijo de la mujer vencería a la serpiente. El Hijo de la mujer es Jesucristo, y la mujer es la Iglesia. La serpiente es Satanás. La Escritura dice: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcaóar” (Génesis 3:15).

La Escritura describe gráficamente las consecuencias del pecado: separación de Dios y corrupción (ver Isaías 59:2; Romanos 3:23). Esta enfermedad nos va destruyendo silenciosa y tenazmente, día tras día. Es esta enfermedad lo que nos separa de Dios, y la ceguera que produce nos impide ver su gloria. Pero Dios envió el remedio para esta enfermedad mediante su Hijo encarnado, Jesucristo. él vino para dar su vida por ti, para que si crees en él, puedas participar de la vida eterna. Cristo dijo: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (S. Juan 3:16).

Hay personas que no creen en la solución divina para el pecado y siguen un derrotero que los conduce a la muerte.

Conocí a una dama presa de tristeza y amargura. Su nombre es Nilda. En su juventud ella había conocido a Dios, pero a causa de circunstancias adversas se alejó de Dios, cortó su relación con él, y dejó de asistir a la iglesia. Nilda era casada y tenía dos hijos, pero luego que ella abandonó a Dios, el esposo la abandonó a ella. Así que debió luchar sola por el bien de sus hijos. Más de una vez pensó Nilda en regresar a Dios, pero siempre le sobrevenía el pensamiento de que eso era imposible, pues Dios no la recibiría. Al paso de los aóos uno de sus hijos regresó a Dios. Lo que en su nióez había aprendido de Jesús ahora le hacía falta. Entonces el muchacho comenzó a instar a su madre a volver a la comunión con Dios, quien la esperaba con los brazos abiertos, pero ella pensaba que aún no era merecedora de la gracia.

Mientras predicaba en la ciudad en que su hijo vivía, tuve el placer de conocer a Nilda. Ella decidió asistir con su hijo al lugar de reunión durante esa semana especial de encuentro con Jesús. Mientras escuchaba una de las exposiciones de la Escritura, ella sintió en su corazón que el Espíritu la llamaba de regreso a Dios.

Cuando la predicación terminó y me dirigía hacia la puerta, vi a una dama que lloraba en el fondo de la iglesia. Discretamente me acerqué, y le pregunté por qué lloraba. Me dijo que quería hablar conmigo. Nos acercamos al altar, y ahí abrió su corazón. Hacía aóos que sufría la pérdida de uno de sus hijos, quien se había suicidado, y ella cargaba con la culpa. Pensaba que era imposible volver a Dios porque él no la aceptaría. Abrí la Biblia y leí las palabras de San Juan: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros”. “Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 1:9, 10; 2:1). Le expliqué que Jesús anhela escuchar la confesión de nuestros pecados, que él nos perdonará y que abogará ante el Padre en nuestro favor.

El infalible remedio para el alma había llegado al corazón de Nilda. Comprendió que Jesús mitiga los dolores del alma y quita el peso de la culpa y de la condenación. Entendió que él lo sabe todo, que sufre ante nuestras malas decisiones, y que anhela impartirnos su paz y reanudar los lazos de amistad.

Amigo lector, el remedio para el alma de Nilda es también el remedio para tu alma. Jesús anhela escuchar tu confesión, perdonar tus pecados y purificarte de toda maldad. Quiere renovar hoy tu vida mediante la operación de su Espíritu. Acude a él ahora mismo, dile tus pecados, y comienza a vivir una vida nueva en Cristo Jesús.

El autor es ministro adventista. Escribe desde Cincinnati, Ohio.

Remedio divino para el alma humana

por Rafael Soto
  
Tomado de El Centinela®
de Mayo 2016
  

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