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Hay un Ser divino, poderoso y compasivo, que viene de lo alto, y está dispuesto a ayudarte.

Una madre con cinco hijas, un varoncito y otro por venir había leído en su Biblia acerca del mensaje de salvación en Cristo Jesús y del cuarto mandamiento: la observancia del séptimo día, el sábado, como día de reposo. Ella aceptó estas verdades, y buscó una iglesia que predicara al Cristo Redentor y enalteciera los Diez Mandamientos.

Pasó mucho tiempo hasta que encontró esa iglesia. Entonces llegó el día de hacer pública su nueva fe mediante el bautismo bíblico, pero su familia le exigía que no lo hiciera, sobre todo su esposo. Cuando le dijo que había encontrado la fe que buscaba, su marido la amenazó: “Si te bautizas, te voy a matar, y me llevaré a todos mis hijos”.

Ella sabía que su esposo hablaba en serio, pero no cedió, más bien planeó huir con sus hijos. Su bautismo la llenó de gozo y confianza en su amado Dios.

Ese sábado por la tarde, cuando regresó a su casa, preparó a sus cinco niñas, a su varoncito, y a su bebé recién nacido. Les reveló su plan y les aseguró que Dios iba a protegerlos. Los niños se fueron a dormir esa noche, conscientes de que tal vez su madre ya no estuviera con ellos al amanecer.

Junto a la puerta del patio ella tenía una bolsita con las pocas cosas que se iba a llevar en su huida. En sus espaldas llevaría al bebé, quien dormía inocentemente, y sus otros hijos caminarían junto a ella.

Las horas fueron pasando, y su esposo no llegaba. Cerca de la medianoche escuchó que alguien golpeaba la puerta. Debía ser su esposo. Luego de una corta oración ella puso en marcha su plan de escape. Pero no era su esposo sino unos oficiales de policía. Ellos la llevaron adonde estaba su marido, quien le dijo: “Yo estaba en camino para matarte, pero tu Dios ganó. Vive en paz. Continúa con tu fe. Sé feliz y cuida de nuestros hijos”. Allí, tirado en el cemento frío, el hombre murió. La policía lo había baleado porque lo vio con su arma desenfundada rumbo a su casa, y él no se detuvo cuando se lo ordenaron.

Esta es la historia de la madre de mi suegra, Ruth, la madre de mi esposa Lina. La fe de esta mujer se perpetuó con los años. Hoy varias generaciones abrazan la fe de aquella mujer que arriesgó la vida por seguir a Cristo, y fue dócil a las impresiones del Espíritu Santo.

El ministerio del Espíritu Santo

La transformación de la vida es la obra esencial del Espíritu Santo. Recordamos aquella noche en Jerusalén, la noche más triste desde que el hombre se había separado de su Creador. Jesús y sus discípulos estaban reunidos en torno a la mesa pascual. Jesús había lavado los pies de sus discípulos, y juntos habían comido el pan y bebido el jugo de la vid. Solo unos pocos minutos lo separaban de la agonía en el Getsemaní. Hasta ahora el Pastor había estado con las ovejas, pero pronto sería herido y las ovejas esparcidas. Ya Judas había abandonado el grupo, y los once estaban tristes, preocupados.

Jesús había dicho que iba a prepararles lugar en el cielo y luego volvería por ellos. Pero nada podía compensar la separación de su amado Maestro. La aspiración de ocupar esas mansiones celestes no llenaría el vacío de la ausencia física del Salvador.

Entonces Jesús les prometió que enviaría en su lugar a “otro Consolador” (S. Juan 14:16), pues él había sido su primer Consolador. Se refería al Espíritu Santo.

¿Quién es el Espíritu Santo?

La Biblia revela que el Espíritu Santo es una persona, no una fuerza impersonal. Declaraciones como esta: “Ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros” (Hechos 15:28), revelan que los primeros creyentes lo consideraban una persona. Cristo también se refirió a él como a una persona distinta. “El me glorificará —declaró el Salvador—; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (S. Juan 16:14). Las Escrituras, al referirse al Dios triuno, describen al Espíritu como una persona distinta (S. Mateo 28:19; 2 Corintios 13:14).

El Espíritu Santo tiene personalidad. Contiende (Génesis 6:3), enseña (S. Lucas 12:12), convence (S. Juan 16:8), dirige los asuntos de la iglesia (Hechos 13:2), ayuda e intercede (Romanos 8:26), inspira (2 Pedro 1:21), y santifica (1 Pedro 1:2). Esas actividades no pueden ser realizadas por un mero poder, una influencia o un atributo de Dios. Solo una Persona divina puede realizarlas: el Espíritu Santo.

Hay un Ser divino, poderoso y compasivo, que viene de lo alto, y está dispuesto a ayudarte en todo momento, sobre todo en la aflicción y en la prueba. Ruega a Dios que te unja con su poder santificador. Invítalo a tu corazón.


El autor es un dirigente de vasta experiencia en la predicación y el aconsejamiento espiritual. Escribe desde La Sierra, California.

La esperanza transformadora

por Jorge Soria
  
Tomado de El Centinela®
de Mayo 2015
  

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