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En mayo se celebra el sexagésimo aniversario del comienzo de la campaña decisiva de la Segunda Guerra Mundial, el conflicto que cambió el rumbo de la historia moderna. Pero hay otro conflicto aun más portentoso.

Para mayo de 1944, los aliados, con la confluencia de los gobiernos europeos y el poderío económico y militar de los Estados Unidos, atacaban el eje nazi-japonés en múltiples frentes. El 6 de mayo comenzó un terrible bombardeo de Alemania y las líneas de defensa alemanas en Normandía en preparación para la invasión del 6 de junio. Los rusos recuperaron Sebastopol en el mar de Crimea, y los británicos atacaron la guarnición alemana de Monte Cassino por cuarta vez hasta el 18 de mayo, día en que los alemanes abandonaron las ruinas. Ese mismo día las tropas aliadas tomaron las pistas aéreas de Birmania en la campaña contra el ejército japonés que duró cerca de tres meses.

Un desarrollo importante en los registros de la ofensiva aliada en Europa fue la toma final de la línea alemana de defensa conocida como la Línea Gótica, una serie de desplazamientos bélicos en las cimas de los Apeninos. Con el trabajo de 15.000 prisioneros, los alemanes edificaron más de 2.000 fortificaciones para cañones y ametralladoras, vigías y refugios subterráneos para las tropas. Esta muralla de más de 17 kilómetros de muros y varios kilómetros adicionales de zanjas antitanque resistió repetidos ataques aliados hasta abril de 1945, cuando cayó.

El armisticio entre los aliados y los alemanes fue firmado finalmente el 7 de mayo de 1945, y la rendición de los japoneses fue ratificada el 2 de septiembre del mismo año. Pero el proceso de desenlace de la guerra más sanguinaria de la historia, proceso que comenzó en la primavera de 1944 con el Día D, no resolvió el terrible impacto de un conflicto que duró seis años y un día, y cobró aproximadamente 75 millones de vidas, incluyendo 20 millones de soldados y 40 millones de civiles. Varios millones más murieron como resultado del asedio, enfermedades, masacres y genocidios.1

Un observador de la historia posterior a la segunda gran guerra del siglo XX podría suponer que la humanidad ha aprendido la lección, pero parece ocurrir todo lo contrario. A comienzos de este siglo, los conflictos humanos han cambiado de naturaleza, pero escasamente podría decirse que han menguado. Las batallas campales y los bombardeos atómicos han cesado, pero han sido sustituidos por encarnizadas guerras ideológicas y étnicas, constantes ataques terroristas y un grado de violencia social que produce miles de muertes cada año.

Cuando se refirió a los conflictos del siglo XXI comparados con las guerras del siglo XX, Nelson Mandela escribió en la introducción de un informe de las Naciones Unidas de 2002: “Menos visible, pero incluso más común es el legado del sufrimiento diario del individuo; es el dolor de niños abusados por quienes debieran protegerlos, de mujeres heridas o humilladas por compañeros violentos, de ancianos maltratados por los que los cuidan, de jóvenes apabullados por otros jóvenes, y de personas de todas las edades que a sí mismas se infligen violencia. Este sufrimiento —y podría darles muchos otros ejemplos— es un legado que se reproduce, porque las nuevas generaciones aprenden de la violencia de las generaciones pasadas”.2

¿A qué se debe este instinto destructivo que busca la violencia como solución?

Relegarlo a una explicación biológica sería ignorar la complejidad de la violencia sin sentido. El genocidio de seis millones de judíos no respondió a una necesidad biológica de depurar la raza, sino a la maquinación febril de un monstruo llamado Adolfo Hitler. Detrás de esta terrible montaña de odio y agresión que aflige a la humanidad ruge otro conflicto oculto, pero no menos cierto. Hay una línea disputada entre el bien y el mal que tiene raíces invisibles en el mundo espiritual.

Hay muchos que deciden creer que la historia no tiene sentido. Pero rechazar la idea de que existe una esfera sobrenatural en el universo es ir en contra de instintos muy fuertes dentro del ser humano. Todos los hombres y mujeres sienten en algún momento u otro que son parte de algo mayor, de un drama superior que rige los tiempos y se mueve en una dirección prefijada. Este drama impulsa cada guerra humana, pero sus términos, lo que está en juego, es el destino mismo de la raza y su conexión con el resto del universo.

Los protagonistas de este conflicto invisible son los seres alineados con Dios o con su enemigo: Satanás. En un bando actúan los ángeles del cielo, en el otro los ángeles caídos, conocidos en la Biblia como “demonios”. El texto de Apocalipsis 12:7 al 9 señala la magnitud de esta terrible campaña. “Hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él”.

La guerra espiritual afecta y moldea la historia de los hombres. Los enemigos de Dios tienen el propósito fundamental de anular sus planes, o al menos entorpecerlos. Por esto han jugado un papel importante en el comienzo de cada conflicto. Han influido en cabecillas y verdugos, en el estallido de revoluciones y el abuso en todas sus formas.

Los grandes monstruos humanos de la historia han actuado bajo la dirección de los demonios. Había demonios poderosos situados físicamente al lado de Gengis Khan, de Idi Amín, de Pol Pot, de Stalin y Adolfo Hitler. Había demonios en las turbas de jóvenes armados de machetes en Ruanda y en las masacres de Bosnia-Herzegovina. Hay demonios en los campamentos terroristas de Libia y el Sudán. En cada crimen y homicidio. Pero también a menudo hay ángeles de Dios que se interponen para proteger a los seres humanos atrapados en esta tierra de nadie entre dos ejércitos cósmicos.

Las grandes guerras de la historia son pálidos reflejos de la gran controversia universal. El gobierno y el destino del cosmos dependen de su desenlace. El mal ha de ser desarraigado. El dolor y el sufrimiento que aqueja a la raza humana desde el comienzo de la historia llegarán a su fin (ver Apocalipsis 21:1-5). La liberación ha sido anunciada y se cumplirá.

Es curioso que la invasión de Normandía que originó la derrota definitiva del eje nazi fue llamada “Operación Jefe Supremo” (Operation Overlord). Y el desembarco de más de un millón de soldados de las naciones aliadas fue un despliegue de poder y valor indomable. Pero a la cabeza de la invasión que se avecina estará el verdadero “Jefe Supremo”, el “Rey de reyes, y Señor de señores” (ver Apocalipsis 19:11-16).

Pronto el cielo se abrirá y descenderá Cristo, rodeado de millones de sus comandos angelicales. El Evangelio anuncia: “Entonces… verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (S. Mateo 24:30, 31). Ese día todo conflicto terminará y la paz reinará en el universo y en cada corazón humano.

1.http://en.wikipedia.org/wiki/World_War_II#Axis_collapse.2C_Allied_victory_.281944.E2.80.9345.29
2.http://www.who.int/violence_injury_prevention/violence/world_report/en/summary_en.pdf


El autor es un dirigente de la Iglesia Adventista en la zona de Georgia y parte de Tennesse. Para leer más sobre el tema del conflicto universal entre el bien y el mal y la función de los ángeles, puede adquirir su libro Arcángel, disponible en adventistbookcenter.com, o llamando a 1-888-765-6955.

Operación Jefe Supremo

por Miguel A. Valdivia
  
Tomado de El Centinela®
de Mayo 2014
  

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