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Aquí en las oficinas de Pacific Press recibimos una buena cantidad de cartas y correos electrónicos de parte de nuestros lectores. A causa de que nuestras publicaciones tienen un enfoque cristiano y ofrecemos orar por los pedidos que nos envían, muchas de las misivas son relatos conmovedores de personas que acuden a la fe como un recurso para enfrentar los desafíos de la vida.

Una carta reciente tocó las fibras del corazón de cada uno de los miembros del equipo. La autora nos cuenta en frases colmadas de emoción su experiencia de abandono y ruptura de su matrimonio. Con su permiso transcribimos parte del contenido de su carta.

“Queridos hermanos en Cristo… Hace un año mi esposo terminó con nuestro matrimonio de catorce años; así nada más, como tronar los dedos en un segundo. Fui sorprendida por esta ruptura. Me sentí descartada como un trapo sucio por un esposo al que adoraba. Esto era lo peor que me pudo haber pasado. Aunque había diferencias en nuestro matrimonio, como en todos los demás, fui una esposa, amante y amiga para mi esposo ideal.

“Me encontré en una cueva oscura, sola, en angustia y profundo dolor. Le rogaba a Dios que no me levantara en las mañanas, pues ya no quería vivir. No entendía lo que estaba pasando. Confundida, sin familia cercana en este país, comencé a rogar al cielo, a orar, orar y orar. Lloraba hasta no tener una lágrima más; gemía al cielo en oración. Rebajé ocho tallas de ropa en dos meses y me consumí en el dolor. Mi estómago no aguantaba ni un vaso de agua.

“Mi oración diaria antes de todo esto siempre era: ‘Te agradezco por mi esposo, mi matrimonio… y oblígame a estar en ti, oh Dios’. Ahora veo cómo Dios literalmente me forzó a buscarlo más de cerca. Yo había colocado a mi esposo en un pedestal más alto que a Dios mismo, algo que una amiga me hizo ver.

“Todavía sigo lidiando con este asunto. Mi esposo está actualmente comprometido, y vive a pocos minutos de mí con su amante… ¡No sé nada! ¡No entiendo nada!, pero Dios controla mi vida. Aunque no sé el plan y el propósito de Dios, sigo dependiendo de él”.

Hay varios elementos en la experiencia de nuestra lectora que saltan a la vista. Se pueden detectar en sus palabras un proceso semejante al que sufre una persona en luto. Y esto es esencialmente lo que el divorcio implica: la cesación de una relación central en la vida de la persona. La persona que enfrenta una pérdida importante generalmente atraviesa una etapa inicial de estupefacción, seguida de negación, un intento de explicación y el comienzo de la aceptación o resignación.

Como pastor de iglesia durante varios años, me tocó ayudar a varias parejas con problemas en su relación. En algunos casos, ellas mismas encontraron la fuerza espiritual para buscar la reconciliación y emprender la larga jornada hacia la restauración En otros casos, ningún intento tuvo resultados y las parejas terminaron en el divorcio. La triste experiencia de nuestra lectora es demasiado común en una sociedad cuyos valores reflejan un profundo egoísmo y falta de compromiso. El dolor es especialmente agudo para la parte inocente en un caso de adulterio y abandono.

Quizá la parte más complicada del proceso de recuperación es el intento por descubrir significado ante el dolor. Aquí los creyentes deben superar un esquema producido en gran medida por su propia fe. El cristiano aprende que su vida y su destino dependen de Dios, y llega a la conclusión de que todo lo que le sucede proviene de Dios. Esto es inexacto. Dios no es el autor de nuestro dolor. Cuando el evangelio habla de las malezas en el terreno que simboliza la vida humana, declara: “Un enemigo ha hecho esto” (ver S. Mateo 13:27-29). No es el plan de Dios que suframos por la crueldad de un cónyuge; no es el plan de Dios —bajo ninguna circunstancia— que tengamos que sufrir la muerte de un hijo, o los estragos de una enfermedad mortal. Vivimos en un mundo sujeto al sufrimiento porque la humanidad entera es el escenario de un conflicto milenario entre el bien y el mal.

No tenemos que concluir que Dios, de alguna manera, por alguna razón, se ha olvidado de nosotros. Dios es amor (1 Juan 4:8), y revela en sus promesas su deseo de restaurarnos a cada una de sus criaturas a un estado de completa armonía espiritual y física. También es cierto que a veces no distinguimos su rostro a través de un velo de lágrimas, cuando la depresión es tan profunda y devastadora que casi no tenemos fuerzas para respirar.

Aunque nadie sabe cómo reaccionaría ante un golpe tan duro, es importante prepararnos mentalmente para buscar ayuda. Cuando la vida nos deja sin aliento, permitamos que otros respiren por nosotros. Busquemos ayuda profesional. La consejería nos ayuda a encontrar nuevos recursos. En la oración propia y de los demás podemos recibir aliento y nuevas fuerzas. Como el enfermo que se deja llevar hasta la sala de cirugía, podemos reposar confiados en la camilla de Dios. Algún día descubriremos que lo peor ha pasado, y podremos comenzar a reconstruir nuestra vida.


El autor es director de EL CENTINELA.

Cuando el matrimonio se derrumba

por Miguel Valdivia
  
Tomado de El Centinela®
de Mayo 2013
  

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