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Muchas personas en este mundo sufren el rechazo de su padre. Hace poco entrevisté a una señora afligida por la relación conflictiva entre su esposo y su hijo. Leonardo era un joven apuesto e inteligente que acababa de cumplir 19 años, pero sufría el desprecio de su padre.

Cuando Leonardo nació, el padre se sintió chasqueado porque deseaba tener una niña. Lo rechazó desde ese día, a pesar de que el niño era hermoso y saludable. La madre, para compensar el cariño que su esposo le negaba, le demostraba amor en abundancia, y esto enfadaba aun más a su esposo, porque sentía celos del niño. Sin embargo, todo el amor de la madre no era suficiente para saciar las necesidades de Leonardo, pues siempre estaba mendigando el amor de su papá. La carencia afectiva con la que creció el niño lo llevó a actuar en forma extraña. Por ejemplo, cuando su padre estaba en la casa, lo perseguía por todos lados como si fuera su sombra. Cuando el papá terminaba de comer y dejaba restos de alimentos en el plato, Leonardo los devoraba, aunque su propio plato estuviera lleno de la misma comida. Siempre dormía abrazado de alguna prenda de vestir de su padre, y por la mañana la escondía bajo la almohada.

A pesar de sus carencias afectivas, Leonardo había desarrollado talentos prominentes que apuntaban a una carrera científica, y ahora que había llegado el tiempo de elegir una profesión, la madre le preguntó a qué universidad le gustaría asistir. Leonardo le contestó que a ninguna, porque él quería ser camionero como su padre. Era evidente que por su carencia estaba sacrificando sus propios talentos y preferencias personales. Todo en la búsqueda de un amor que nunca recibió. Y esto la hacía sufrir a su madre. Por eso la consulta.

Jesús también sufrió el rechazo de su Padre. Pero ese rechazo tuvo un sentido totalmente opuesto al de los padres terrenales que abandonan afectivamente a sus hijos.

Nuestro Salvador, que a través de toda su vida en esta tierra se había dedicado a proclamar a un mundo caído la misericordia y el amor perdonador de su Padre, debió probar también la amargura del abandono de su progenitor. Al tomar sobre sí el enorme peso de la culpabilidad de nuestros pecados, sin poder ver el rostro maravilloso de su Padre, en momentos de indescriptible angustia, sintió que de él se había alejado el amor de Dios. Había dejado de lado sus derechos divinos para poder salvarnos. Temía ahora que el pecado fuera demasiado ofensivo para él, y que su separación fuera eterna. En su angustia clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (S. Mateo 27:46). Sin embargo, nuestro Padre celestial se separó de su propio Hijo no porque no lo amara, sino para salvarnos a través de él. El Padre y el Hijo lo hicieron por amor a nosotros.

Todos necesitamos recibir el amor sincero e incondicional de nuestros padres terrenales. Ese amor es la fuerza motivadora y formadora de nuestro carácter. Carecer de él es vivir a medias, sujetos a la inseguridad, la depresión y la anemia emocional. Pero el encuentro personal con Dios en Cristo, por el poder de su Santo Espíritu consolador, tiene la virtud de llenar nuestras vidas con su vida, y saciar plenamente todas nuestras carencias, nuestras hambres y el vacío angustioso de nuestros corazones. El que recibe a Jesús, recibe al Padre (ver S. Juan 13:20, S. Lucas 9:48), y experimenta el impacto sanador y transformador de su vida inagotable. En Cristo se elimina la distancia entre el Padre y nosotros.

Por eso podemos declarar: ¡Bendito seas, Padre nuestro, porque nunca nos faltará tu amor!


La autora es administradora de oficinas. Escribe desde Riverside, California.

Camino al Padre

por Ruth A. Collins
  
Tomado de El Centinela®
de Abril 2010
  

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