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Hace algún tiempo recorrí el camino entre Jerusalén y el Huerto del Getsemaní. De todos los lugares que pueden visitarse en la Tierra Santa, el Huerto del Getsemaní es uno de los que impresionan más profundamente. Allí, entre los olivos de retorcidos troncos centenarios, las flores ponen la nota alegre de su policromía. Allí, en ese lugar tan bello y colorido en medio de la aridez que lo circunda, el Maestro de Nazaret sufrió la crisis más profunda y conmovedora de cuantas hubo de pasar mientras estuvo en este mundo. Allí, en ese huerto, se desarrolló uno de los actos más intensos del drama de la lucha milenaria entre el bien y el mal.

Resulta curioso que el guía que nos había acompañado a cada lugar del recorrido por la Tierra Santa hasta entonces, ahora, al abrirnos el portón del Jardín, apenado nos indicó que él, por ser judío, no habría de acompañarnos. Es que el Huerto del Getsemaní está para siempre vinculado a Jesús. Lo que el guía no sabía es que lo acontecido en ese huerto aquel jueves de noche nos afecta a todos por igual, sin excepción alguna; pues allí Cristo, el Mesías judío y Salvador del Mundo, fue singularmente capacitado para asumir su divina misión como el Cordero de Dios que quita el pecado del “mundo”.

La espantosa prueba comenzó el jueves por la noche, inmediatamente después que instituyera la Cena del Señor con sus discípulos. Un pesar misterioso, como nunca había sentido, comenzó a sobrevenirle. “Mi alma está muy triste, hasta la muerte”, declaró (S. Mateo 26:38).

Cristo anhelaba algún consuelo humano, un gesto de compasión, pero sus discípulos se durmieron. Comenzó a sentirse aplastado por el peso terrible de los pecados de todo el mundo, incluso por anticipado: el Holocausto, las masacres de Kosovo, tantos más. La angustia del mundo comenzó a abrumarlo. Sentía en su persona el peso del, sin acceso a la luz del rostro amoroso de su Padre Celestial. Percibía, por primera vez en su vida, que el Padre se estaba separando de él. Por eso oró diciendo: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa” (vers. 39).

En ese momento sagrado comenzó a ser hecho plenamente pecado por nosotros (2 Corintios 5:21). La suerte del mundo entero temblaba en la balanza. ¿Decidiría Cristo beber la amarga copa? ¿O decidiría volverle la espalda a la agonía del infierno?

Tres veces brota la plegaria de su corazón destrozado. Luego, finalmente, resuelve seguir adelante con el plan. Significará para él la condenación absoluta, el mismo infierno, despedirse de la vida. Pero su amor por nosotros es tan grande que lo impulsó a tomar la decisión de aceptar el sacrificio supremo. Ese fue el momento de la verdad para el mundo. Y lo es también para nosotros.

Amigo mío, por todo esto sufrió Jesús en aquella noche de profunda crisis en el Huerto de Getsemaní. De ahí que su alma se sintiera triste hasta la muerte. Sobre su amante corazón gravitaron las angustias de los hombres a través de todos los siglos venideros y deseó, con un deseo que lo llevó a soportar la misma tortura, que los seres humanos, tú y yo, cuando los problemas nos opriman, seamos capaces de ir a él en busca del poder que solo él puede otorgar.

Amigo mío, amiga que lees, hay una sola respuesta justa que podemos darle a un amor así. Te invito, sin rodeos, a entregarle tu corazón, tu vida, en fin, todo lo que eres, desde hoy y para siempre.


El autor es director y orador del programa radiofónico mundial La Voz de la Esperanza, con sede en Simi Valley, California.

Camino al Getsemaní

por Frank González
  
Tomado de El Centinela®
de Abril 2010