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Un relato inusual nos enseña la importancia de entender la voluntad de Dios y de aceptarla por fe.

--Ore por mi hijo, se llama Daniel --me dijo aquel elegante caballero a la salida de la iglesia, en tanto que estrechaba mi mano con sus dos manos, y sus ojos se llenaban de lágrimas suplicantes.

--Claro —aseguré—. Lo pondré en mi lista de oración.

Muchas personas me piden que ore por ellas. Trato de mantener una lista en un papel que cambio semanalmente dentro de mi Biblia. Pero había algo detrás de esta petición que me intrigaba.

Cuando subí a mi automóvil para regresar a casa, vi que el mismo caballero estaba con su hija menor esperando el autobús. Detuve mi vehículo y ofrecí llevarlo. Él subió y comenzó a relatarme el motivo de su petición.

--Pastor —dijo—, cuando mi hijo Daniel tenía once años de edad, un día volvió temprano de la escuela. Estaba con mucha fiebre. Lo llevamos al hospital, nos dieron medicamentos y nos dijeron que pronto iba a sanar. Sin embargo, lejos de bajar, la fiebre seguía subiendo con el paso de las horas. Volvimos al hospital, y después de varios días y muchos estudios, diagnosticaron que Daniel tenía meningitis.

La meningitis es una enfermedad producida por la inflamación de las meninges, que son unas delgadas capas que cubren el cerebro. Cuando estas capas se inflaman, la sangre no puede llegar al cerebro, y las neuronas comienzan a morir. Las neuronas no se regeneran; una vez muertas, pueden causar consecuencias serias de larga duración, como sordera, epilepsia, hidrocefalia o déficit cognitivo.

José, el padre de Daniel, continuó diciendo:

--Oramos como nunca antes lo habíamos hecho. Llamamos por teléfono a toda la iglesia e hicimos una enorme cadena de oración. Pero pasaron los días y el diagnóstico no era nada alentador. Una tarde, los médicos nos citaron a mi esposa y a mí. Sus rostros denunciaban que no tenían buenas noticias. Uno de los médicos nos dijo que Daniel no estaba respondiendo favorablemente al tratamiento. Que nos preparáramos para lo peor. Solo le daban 24 horas de vida. Otro señaló que en caso de que Daniel viviera, con seguridad ya no sería el que nosotros habíamos conocido, que los daños en su cerebro serían profundos e irreversibles.

En ese momento del relato sus recuerdos se mezclaron con sus emociones y sus palabras fueron acompañadas con lágrimas:

--Entonces miré a mi esposa y comencé a llorar con dolor y con enojo hacia Dios. Pero mi esposa quedó tranquila, mirando a lo lejos, y de pronto preguntó: “Entonces, ¿solo Dios puede curarlo?” Los médicos se miraron y asintieron con sus cabezas, agregando: “No hay nada que nosotros podamos hacer”. Sin lugar a dudas, aquella fue la noche más larga de mi vida. Mi esposa se quedó en el cuarto con Daniel para seguir orando, cantando, leyendo la Biblia e intercediendo delante de Dios. Yo conduje mi automóvil y con mi hija de trece años pasamos en casa una noche de oración. Luché con Dios, luché toda la noche. No iba a aceptar un “no” por parte de él. Le exigí a Dios el milagro. Repetía una y otra vez: “Vamos, tú puedes, yo sé que puedes hacerlo; simplemente hazlo”.

No quise interrumpir el relato, pero quedé pensando en las palabras de José: “Le exigí a Dios el milagro”.

--A la mañana siguiente pasó lo increíble. Los mismos médicos que con rostros solemnes nos presentaban la muerte, ahora con un asombro indescriptible debían firmar el alta médica para que Daniel volviera a casa. Hicieron todo tipo de estudios, y no podían creer que no hubiera en él ni un solo vestigio de la enfermedad. ¡Dios lo había hecho! Sin lugar a dudas, ¡mi Señor me había oído!”

A esa altura del relato había surgido en mi mente una pregunta elemental:

--José, tú me pediste que orara por Daniel, pero ¿por qué? Si él ya está sano.

A la pregunta le siguió un relato que enrareció el ambiente, como si a José lo hubiera envuelto la noche:

--Ya han pasado muchos años desde que Dios obró ese milagro. Tristemente las cosas han cambiado mucho. Daniel ya no viene la iglesia, no quiere saber ni oír nada de Dios. Es un joven entregado a los vicios. Tiene un conjunto de música rock que toca en diferentes lugares los viernes y los sábados por la noche. A veces vuelve a casa, y a veces pasan días que no sabemos nada de él. Fuma, toma alcohol y se droga, y temo que algún día me llame la policía para decirme que mi hijo se mató por conducir ebrio. Paso horas sin dormir esperando que regrese.

Aquel hombre soltó el llanto a la vez que se agarraba su cabeza:

--Yo no acepté un “no” por parte de Dios. Yo le exigí a Dios que hiciera el milagro de sanar a mi hijo y le dije que si no lo hacía nunca más volvería a pisar esta iglesia ni ninguna otra. Y ahora veo a mi hijo perdido y pienso que mejor lo prefiero muerto con su nombre escrito en el libro de la vida, que vivo y apartado de su Creador. Me sofoca la idea de que Dios sabía que Daniel estaba listo a los once años, y que no fue por mi fe que se obró el milagro, sino por mi falta de fe. Porque la verdadera fe es la que acepta la voluntad de Dios por encima de los deseos. La verdadera fe es la que está dispuesta a transitar los caminos de Dios sin poner condiciones, sin amenazar o exigir. Le pido a Dios que lo convierta, y si en el proceso él se enferma o muere, estoy listo para honrar y glorificar el nombre de Dios.

Sin tomar respiro trató de darle una fundamentación teológica a su angustia:

--Me pasó lo mismo que a los hijos de Israel: Cuando en el desierto estaban hartos del maná, pidieron carne, y Jehová les dijo: “No comeréis un día, ni dos días, ni cinco días, ni diez días, ni veinte días, sino hasta un mes entero, hasta que os salga por las narices” (Números 11:18-20). Dios me dio el deseo de mi corazón, y ahora veo que le torcí el brazo al Señor. Mejor hubiera sido que me lo llevara a Daniel cuando era niño.

Al final de su testimonio, mi cabeza hervía de ideas, y yo luchaba por ordenarlas, a la vez le suplicaba a Dios que me asistiera con el don de la paciencia y me iluminara con la sabiduría de su Palabra para ayudar a esta alma en pena.

Entonces comencé asintiendo con José de que la verdadera fe es la que está dispuesta a transitar los caminos de Dios sin poner condiciones, sin amenazar ni exigir. Que efectivamente, como él había dicho, la fe no se alimenta de milagros. Los milagros la confirman; pero la fe nace del amor incondicional de Dios en el corazón del creyente. Más allá de los hechos, del dolor y de la fatiga de la vida, permanece la “la fe, la esperanza y el amor; pero el mayor de ellos es el amor” (1 Corintios 13:13).

Pero luego de asentir, comencé a mostrarle cuán equivocado estaba su razonamiento y su base teológica, que eran la causa de su angustia. En primer lugar, le dije que el deseo de que su hijo sanara era absolutamente legítimo. Dios nos da los hijos, y él desea su bien. No tengo dudas de que Dios obró aquel milagro. Pero si Dios no lo hubiera hecho, su fe habría sido probada y es posible que hubiera salido fortalecida. Porque el creyente basa su fe en el Dador de los dones, no en los dones. Por otra parte, hice referencia a la historia de la redención: Solo hay un Padre que quiso que su Hijo muriera. Y lo quiso así para redimir a la humanidad. Solo Dios sabe qué significa perder al Hijo en redención por los demás. Pero el sacrificio fue uno y para siempre (Hebreos 9:26). Por eso, Dios nunca quiso que Daniel muriera. Y si lo hubiera permitido, con la fe hubiera venido el consuelo. Si Dios había conservado la vida de Daniel, alguna razón tenía.

A esa altura de la conversación, el rostro de José parecía despejarse. Detuve el automóvil a la vera del camino para mirarlo a los ojos. Entonces le hice ver que él estaba jugando a ser Dios, juzgando sus tiempos y motivos. ¿Cómo podía saber que hubiera sido mejor que Daniel muriera a los once años? ¿Por qué no darle una oportunidad a un joven que transitaba su segunda década de vida? José necesitaba aprender a esperar en Dios. Le sugerí que orara sin cesar por Daniel, sin albergar malos sentimientos ni deseos que Dios no aprueba. Le sugerí que le diera una oportunidad a Daniel, para que madurara, para que transitara esa etapa difícil de la juventud, hasta que finalmente se obrara en él el mayor milagro: el de la conversión.

Finalmente hice referencia al texto de Números que José había usado como base teológica de su dolor. Le dije que el deseo de aquellos israelitas de comer carne no se equiparaba al deseo de que un hijo sanara. José había sacado el texto fuera de contexto. Le sugerí a José que leyera el Antiguo Testamento desde Jesucristo. Porque todas las promesas hechas por Dios y todo lo que se escribió en el pasado “son en él Sí, en él Amén…para la gloria de Dios (2 Corintios 1:20). Cristo es el Sí de Dios. Es la plena positividad de la revelación divina. Cristo es el Amén; el deseo de Dios cumplido. Entonces, le sugerí que mirara a su hijo Daniel desde el amor de Jesucristo, para no torturarse con textos mal interpretados y para dejar que naciera la esperanza en su corazón.

Cuando terminamos la conversación, oramos. En el rostro de José avizoré que se había sacado un gran peso de encima. Yo agradecí al Padre de Jesucristo, cuya gracia nos sostiene.


El autor es pastor adventista en Yakima, Washington.

¿Milagros de fe?

por Alejandro Dovald
  
Tomado de El Centinela®
de Marzo 2010
  

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