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Samir se sacude en su asiento junto con la ambulancia que lo traslada zigzagueante a un hospital en ruinas por las calles desiertas, esquivando los escombros de la última explosión. El ruido de las bombas se aleja lentamente, como una tormenta, junto con los pájaros de acero que se pierden en el horizonte, vomitando fuego y muerte sobre lo que queda en pie de la otrora vibrante ciudad.

Los hilos de sangre que brotan de la cabeza de Samir se espesan a medida que alcanzan el trémulo mentón. El niño no parpadea, no se queja, no solloza. Tiene los ojos abiertos, absortos, sin expresión. Está ausente, más allá de la vida y de la muerte, más allá del miedo, del asombro, del horror. Hace tiempo que el hambre, la miseria y la locura le han robado su infancia, su inocencia, su ilusión. Es un anciano de diez años, sin esperanza ni futuro, escudo humano y rehén de unos u otros. Algunos de sus primos lograron escapar. Ahora son mano de obra infantil que mantiene a sus familias en campos de refugiados cercanos. Otros son gente indeseada allende el mar, en tierras ajenas de las que nunca se sentirán parte, a las que nunca pertenecerán. Muchos son esclavos en fábricas clandestinas o víctimas de las redes de trata de personas. Otros parientes de Samir se ahogaron intentando cruzar el mar, soñando con la vida. En medio de esa masacre extraña y ajena, financiada por potencias lejanas con agendas imperiales pero librada con sangre local de uno y otro bando, nadie le dijo a Samir que hoy es el día mundial de la justicia social. Tampoco lo entendería. No tendría sentido para él.

Pero Samir es apenas una gota en el océano de sufrimiento que inunda el mundo al son de tan maravillosas como ineficaces declaraciones de organismos internacionales que solo logran serenar las civilizadas conciencias de los hombres libres, de los ciudadanos comunes de naciones desarrolladas que financian la guerra en la tierra de Samir, para quedarse con ella cuando la guerra termine. A diferencia de Samir, ellos sí conocen por experiencia qué significa la justicia social.

Justicia social

“Justicia social”, ¿apenas una expresión de deseo entre ilusión y obligación, entre deber ineludible y logro inalcanzable?

La Biblia enseña que la injusticia social es apenas un síntoma, una secuela de algo mucho más grave, de una condición inherente al ser humano: el pecado. “¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos? Desean algo y no lo consiguen. Matan y sienten envidia, y no pueden obtener lo que quieren. Riñen y se hacen la guerra. No tienen, porque no piden. Y cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones” (Santiago 4:1-3, NVI).1 En el contexto de su disputa con los especialistas en cuanto a la contaminación ritual y cómo resolverla con agua y ceremonias, el Maestro les dijo: “Lo que sale de la persona es lo que la contamina. Porque de adentro, del corazón humano, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la necedad” (S. Marcos 7:20-22).

El remedio para el corazón envilecido del hombre, fuente de toda injusticia social, está más allá de recetas políticas o económicas. La solución definitiva del problema es una regeneración interior de origen sobrenatural llamada “nuevo nacimiento” y realizada solo por Dios con el consentimiento de sus criaturas (S. Juan 1:12, 13; 3:3-8), algo que siempre ha sido excepcional. De ahí que el pronóstico bíblico acerca de la situación mundial futura no sea optimista (2 Timoteo 3:1-13), a no ser por el establecimiento del reino de Dios en ocasión del advenimiento de Cristo para poner fin a la injusticia social y a toda otra secuela del pecado (Apocalipsis 21:1-4).

Pero la Biblia no enseña la resignación fatalista o la espera pasiva de la intervención final de Dios en los asuntos humanos (S. Mateo 24:14; 2 Pedro 3:12). Dios opera en la historia de manera encarnada, con la cooperación de personas que actúan como sus agentes para administrar sabia y responsablemente la creación (Génesis 1:28), para contener el mal (Romanos 13:1-6) y aliviar el sufrimiento (S. Mateo 25:31-40). No hay lugar para la pasividad, que se convierte entonces en complicidad con el mal y sus agentes individuales e institucionales.

Cuando los discípulos sugirieron al Maestro que despidiera a una multitud hambrienta, él los sorprendió diciéndoles: “Denles ustedes mismos de comer. . . ¿Cuántos panes tienen?” (S. Marcos 6:37, 38). Dios no va a hacer la parte que encomendó a sus criaturas como administradores de los recursos, la influencia y el poder que puso en sus manos como mayordomos suyos del mundo y de la historia. En las manos de Jesús, cinco panes de cebada y dos peces se multiplicaron para saciar a la multitud. La fórmula bíblica de la justicia social siempre incluye un componente de participación humana sumada a la intervención divina.

Solo después de que los espectadores quitaron la roca que obstruía la tumba de Lázaro, el Maestro resucitó a su amigo (S. Juan 11:38-44). Solo después que los hebreos apoyaron sus plantas en el desbordado y torrentoso Jordán fueron abiertas sus aguas para que ellos ingresaran en la Tierra Prometida (Josué 3:5-17). Solo cuando todo mortal sepa que hay un Dios que salva y que vuelve a devolver la tierra a su estado de perfección original (Génesis 1:31) y a pedir cuentas a cada agente activo o pasivo del mal y la injusticia (Hechos 24:25), él vendrá a establecer su reino eterno sobre la tierra (Apocalipsis 12:10).

Esto significa un gran privilegio y una inquietante responsabilidad, pues nos deja sin la posibilidad de mirar indignados hacia el cielo e increpar a la Deidad ante cada injusticia gritando: “¡Por qué no haces algo al respecto! ¡Se supone que eres omnipotente y bueno!”. Cada vez que lo hacemos, Dios nos contesta: “¡Por supuesto que hice algo! ¡Te hice a ti!”

Eso deja la ecuación divino-humana de la justicia social sin resquicio alguno para la pasividad o la neutralidad individual o grupal. Si es así, no es necesario pronunciarse en favor de la injusticia para ser contado como un facilitador de ella en el mundo. Alcanza con no pronunciarse en favor de la justicia. “Pongan toda su atención en el reino de los cielos y en hacer lo que es justo ante Dios”, dijo Jesús (S. Mateo 6:33, DHH).2

Tal vez en un recóndito rincón del corazón de todos los Samir del mundo titila aún la esperanza de que un cielo nuevo y una nueva tierra son todavía posibles si más hombres deciden cooperar con Dios. De ello depende que esa tenue luz interior de origen celestial crezca más y más hasta disipar finalmente las tinieblas.

1. Las citas bíblicas están tomadas de la Santa Biblia Nueva Versión International ® NVI ® Copyright © 1999 por Bíblica, Inc. ®. Utilizado con permiso. Derechos reservados.

2. La cita marcada con DHH está tomada de la BIBLIA DIOS HABLA HOY, tercera edición, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1996, 197_, 1979, 1983, 1996. Utilizado con permiso.

El autor es pastor, editor, escritor y profesor en la Universidad Adventista del Plata, Argentina.

Sueños de justicia

por Hugo A. Cotro
  
Tomado de El Centinela®
de Febrero 2017