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Amar y saber decirlo

por Jacques Salomé
  
Tomado de El Centinela®
de Febrero 2014
  

“Hablemos de amor, volvamos a decirnos cosas tiernas. Es hermoso, y difícilmente nos hartemos”.

Hablar de amor me resultó siempre más fácil que escribir de amor. Intenté muchas veces hablar de amor. Con el paso de los años traté de hacer algunas incursiones en este campo. Y ahora expreso mis ideas por escrito.

Hablar de amor es confrontarnos con la inmensa dificultad de hacer cohabitar las mitologías, las creencias y las numerosas ideologías que cada uno de nosotros tiene sobre el amor, con la realidad del amor encarnado en un encuentro, en una relación o en un proyecto de vida común, llamado pareja.

Vivir amando en una relación estable y duradera es la esperanza o el proyecto de muchos, pero a menudo esta expectativa se transforma en frustración.

En la literatura encontramos pasajes que ilustran la tenacidad patética y emocionante de quienes desean la autenticidad de las vivencias afectivas. Por ejemplo: “¿Cómo hacer, cómo ser, para que el amor sobreviva al tiempo, para que no se deteriore, para que no se destruya con las embestidas de lo cotidiano, para que no se debilite ante el surgimiento de lo imprevisible o ante la inestabilidad de los sentimientos?”

“Lo que amo en ti es tu misterio; no puedo explicarlo, pero es el palpitar de mi alma”.

Voy a arriesgarme a decir algunas cosas que, presiento, pueden irritar, sorprender o herir las creencias personales.

Propongo que reflexionemos sobre el amor encarnado. Este amor está constituido no solamente, como se cree, por un sentimiento apasionado (portador de todos los fuegos del deseo y de todas las esperanzas), por un placer compartido y una sensación de felicidad asegurada, sino también por un proyecto de vida. El amor encarnado está ligado a la vida misma, e intentará sobrevivir al deslumbramiento del encuentro, permanecer vivo, alcanzar la plenitud diariamente, ser la levadura, la savia, que nutra nuestras vidas.

Este amor que se construye con esfuerzo cotidiano, paradójicamente, a veces se esconde o se protege, como defendiéndose de algo demasiado peligroso. Es que el camino transitado para ir al encuentro del otro no es más que un camino iniciático para buscarnos a nosotros mismos.

Por eso, en esta tarea de encontrarnos con el otro (y con nosotros a través del otro), es necesario que no confundamos sentimiento con relación. Cada uno de nosotros puede proponer, con una gran sinceridad de por medio, un amor maravilloso en una relación asfixiante o incluso mortífera para el otro. Si no soy claro en lo que propongo o en lo que impongo, puedo hablar con amor y aterrar al objeto de mi amor.

Hablar de amor duradero es preguntarse cómo cuidar de esos sentimientos dinámicos, siempre en movimiento, cuya fuente es un hilo de agua que se transformará en un río nutrido por numerosos afluentes. Creo que el amor está constituido por sentimientos múltiples y multiformes: El amor que cada uno se tiene a sí mismo, el amor del otro por uno y el amor de uno por el otro. En su complejidad, el amor puede encontrar la forma de expresarse, para crecer, para darse y recibir. Pero no siempre ocurre así.

El amor parece ser un conjunto de sentimientos ligados a la vez a un don, a la necesidad de amar, a la necesidad de ser amado y al amor por uno mismo. Todo esto en uno y en el otro (en el mejor de los casos), y a veces en uno y no en el otro. “Ella se muere de amor por alguien que se muere por otra”, decía mi abuela. Y a veces, hay necesidades tan fuertes que pueden terminar convirtiéndose en terroristas por sus exigencias implícitas.

Robert Desnos nos recuerda: “Había una vez, muchas veces, un hombre que amaba a una mujer. También una mujer que amaba a un hombre. También un hombre y una mujer que amaban a alguien que no los amaba. Había una sola vez, una sola vez quizá, que un hombre y una mujer se amaban”.

Así se constituye el amor, desestructurado o armonioso, por la confrontación de las necesidades de cada uno con la capacidad de amar de ambos. Sabemos que la necesidad de ser amados puede ser censurada, o considerada como peligrosa, por uno de los amantes. Y a veces, incluso, cuando el amor del otro se encuentra o se opone con el amor a uno mismo, ¿cómo puede este amor crear un espacio para recibir el amor del otro? Este es el misterio del amor.

Como lo hiciera anteriormente Francisco Alberoni en su libro El choque amoroso, también distingo la diferencia entre el sentimiento amoroso y el sentimiento de amor. Este último es un principio. El sentimiento amoroso es una fuente, el surgimiento de un impulso, de un movimiento. Crea un estado de efervescencia, de creatividad; es inquieto y libre a la vez. Es el que plantea las preguntas: “¿Es verdadero amor esta vez? ¿Es esta la persona? ¿Es la que espero desde hace tanto tiempo? ¿La que nunca me traicionará? ¿La que me cuidará? ¿Aquella con quien viviré mi sueño? ¿Es este el momento?”

Este es un amor inquieto. Libre también. Portador de todos los posibles, de todos los sueños, de todas las potencialidades y de todo el fervor de cada uno.

El sentimiento amoroso es un fuego, un brasero que desea fundir todos los sueños, que se anticipa como el crisol de todos los cambios futuros. El sentimiento amoroso nos habita, nos toma enteramente, nos lleva, nos estrecha, nos aligera.

Y luego, cuando hablamos de amor hacemos en general referencia al sentimiento amoroso que sirve como patrón de medida. Como escribió alguien: “Cuando estoy enamorado no dudo en recorrer trescientos kilómetros para encontrarme con ella y estar solo una noche. Al día siguiente, en mi trabajo, puedo realizar la tarea de varios a la vez. Me siento incansable, regenerado, renacido. Me siento habitado por una energía, una fuerza que me lleva hacia quien amo y me permite recibirla en la ausencia como en la presencia, pues aunque ausente, ella está más presente que yo mismo”.

Este es el origen del sentimiento de amor.


El autor es psicólogo y sociólogo francés. Este artículo fue traducido de la revista Vie et Santé (Vida y salud) por Blanca Langlais de Cutuli.

Poema: Soneto LXIX

Tal vez no ser es ser sin que tú seas,
sin que vayas cortando el mediodía
como una flor azul, sin que camines
más tarde por la niebla y los ladrillos,
sin esa luz que llevas en la mano
que tal vez otros no verán dorada,
que tal vez nadie supo que crecía
como el origen rojo de la rosa,
sin que seas, en fin, sin que vinieras
brusca, incitante, a conocer mi vida,
ráfaga de rosal, trigo del viento,
y desde entonces soy porque tú eres,
y desde entonces eres, soy y somos,
y por amor seré, serás, seremos

Pablo Neruda.

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