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Cuando oramos, estamos hablando con Alguien que nunca no dará la espalda.

Desde el principio de la creación, el ser humano ha levantado sus ojos al cielo; y mientras siga respirando, reconocerá que la oración es la que le da seguridad en sus temores, aflicciones y problemas de la vida. La oración es la fuente de poder que permite que el hombre pueda seguir viviendo en esta tierra con esperanza.

Me tocó orar mucho cuando me encontraba en una encrucijada de mi vida, en una situación muy difícil, porque debía tomar una decisión que afectaría todo mi futuro, antes de terminar la escuela secundaria en Hayward, California. Lloré y derramé mi espíritu como nunca antes. Tenía sólo 18 años de edad, y mi pasión por los deportes era muy fuerte. Tan fuerte, que para mí no había día de descanso, aunque sabía que debía reposar el sábado, de acuerdo al cuarto mandamiento. Jugaba todos los días de la semana. Entonces, en esos días, me ofrecieron los estudios gratuitos en tres Universidades de California ¡para jugar futból americano! ¡Qué tentación tan grande! Sin embargo, el Señor, a través de la oración, me reveló otro camino: en vez de ser un deportista profesional, debía ir a la Universidad de Montemorelos, México, y estudiar la carrera que él había elegido para mí, la del pastorado. La Inspiración me decía que debía ser un pastor, que era lo que menos esperaba. La situación se me presentó muy difícil, porque dudaba que fuera mi vocación.

Pero el Señor tenía algo preparado que yo desconocía. Después de varios años no me he cansado de agradecer a mi Dios, porque lo que soy ahora se lo debo solamente a él. Y me siento muy feliz, con una linda y buena esposa y dos simpáticos muchachos. No me arrepiento de haber hecho esa decisión, siguiendo los consejos de mi buen Dios transmitidos en la oración. Le obedecí y dependí completamente de él.

Tú puedes también tener esta misma vivencia. Si oras al Señor y por fe le obedeces, seguramente tu vida será diferente.

¿Cómo orar?

Es fácil decir que hay que orar. Pero el problema surge cuando no sabemos orar. Recuerda una sola cosa: aun los discípulos de Jesús no sabían orar. Y porque sintieron la necesidad de orar, le pidieron a su Maestro que les enseñara.

En San Mateo 6:9-13 encontramos la oración modelo, “El Padrenuestro”, cuando Jesús dijo: “Padre nuestro que estas en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder y la gloria, por todos los siglos. Amen”.

En su enseñanza, el Señor no les dio a los discípulos una fórmula para orar, sino que les enseñó los principios de la oración. Les explicó que la oración debía comenzar con una (a) alabanza: “Santificado sea tu nombre”, seguida de una (b) expectativa: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad”, de una (c) petición: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”, de una (d) confesión: “Y perdónanos nuestras deudas”, y finalmente de una expresión de (e) confianza y alabanza en la capacidad protectora de Dios: “No nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder y la gloria, por todos los siglos. Amen”.

En esta oración modelo se enumeran los tres tipos de oración, que a su vez representan tres promesas: Pidan y recibirán. Busquen y hallarán. Llamen y se les abrirá. Pidan, busquen y llamen. Dios nunca los defraudará. Eso fue lo que Jesús les enseñó a sus discípulos.

¿Qué es la oración?

Tal vez te has preguntado en muchas ocasiones qué es realmente la oración: La oración de Ana, quien pidió por un hijo, fue una súplica dramática: “Ella con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente” (1 Samuel 1:10). Pero no siempre es un ruego, una petición, también es una expresión de alabanza (Salmos 117 y 118). La mejor definición que he encontrado de la oración es la de una escritora inspirada por Dios: “Orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo... La oración es la llave en la mano de la fe para abrir el almacén del cielo, donde están atesorados los recursos infinitos de la Omnipotencia”.1

La oración es la respiración del alma; es vital, da las fuerzas necesarias para vivir una vida cristiana y victoriosa.

Cuando estamos orando a Dios, estamos hablando con alguien que nunca nos dará las espaldas, y siempre estará dispuesto a contestar todas nuestras oraciones.

En mi experiencia personal al orar cada día, comencé a darme cuenta que en todas las oraciones dedicaba más tiempo a pedir, pedir y pedir, que a alabar. Comencé entonces a orar diferente. Yo sabía que al pedirle a Dios por alguna necesidad, él ya la conocía. Él conoce todas nuestras necesidades, todos nuestros problemas. En Isaías 65:24, se nos dice: “Y antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído”.

¿Cuál es entonces el propósito de la oración? Recordemos que “la oración no baja a Dios hacia nosotros, antes bien nos eleva a él”.2 Entonces, el propósito de la oración debería ser descubrir la voluntad de Dios, porque él quiere darnos más de lo que pedimos. Según el escritor Félix Cortés, “el propósito de la oración es conocer a Dios, desarrollar y mantener una amistad con él, descubrir su voluntad, lograr un cambio en nosotros como para querer y hacer su voluntad”.3

¿Qué cosa pedir?

Por lo tanto, tú y yo, temprano por la mañana, en cualquier lugar donde nos encontremos, y en cualquier momento, oremos al Dios del universo para pedir lo que nos sugiere su Palabra: por agradecimiento (Filipenses 4:6; Daniel 6:10), por pedidos diversos (Santiago 1:5; Juan 15:7), por la confesión de nuestros pecados (Salmos 32:3-6; 1 Juan 1:9 ), por los que nos hacen daño y nos perjudican (Job 42:10), por la salud de los enfermos (Santiago 5:15).

Y todo lo que tú y yo pidamos al orar a Dios, sometámoslo, como Jesús, que dio su vida y sufrió por nosotros, a la voluntad del Padre. El Señor sabía que le quedaba poco tiempo y que habría de ser entregado y clavado en la cruenta cruz, entonces se arrodilló y dijo: “Padre... no se haga mi voluntad, sino la tuya” (S. Lucas 22:42).

Pidamos siempre que se haga la voluntad de Dios y confiemos que nos responderá, nos bendecirá, nos cuidará y nos salvará.

Cada día, cuando tú y yo tomemos en nuestras manos el Santo Libro, más precioso que cualquier otro libro que podamos encontrar en las bibliotecas del mundo entero, pidámosle a Dios que abra nuestros ojos y que nos dé entendimiento para contemplar y comprender su verdad y sus caminos verdaderos. Después de orar así, sentiremos una paz y una alegría muy grande en nuestros corazones.

Dios quiera que podamos seguir el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, quien nos está invitando a abrir nuestro corazón para morar en nosotros. Oremos intensamente como él lo hizo. Oremos sin cesar. Y que la oración sea nuestro estilo de vida, nuestra manera de vivir. Porque es tiempo de comprender que la oración es la fuente del poder que nos lleva al lugar de donde nunca debimos haber salido: a los pies de Jesús.

1Elena de White, El camino a Cristo, pp. 93, 95. 2Ibíd., p. 93. 3Peligro a media noche, p. 178.


Jorge Soria es dirigente de la Iglesia Adventista en el área de Riverside, California.

La oración: fuente de poder

por Jorge Soria
  
Tomado de El Centinela®
de Julio 2006
  

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