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Nunca podré olvidar la historia de Roberto, un adolescente que a su temprana edad estaba cansado de las leyes de su casa y veía en cada mandamiento de su madre una nueva forma de restringir su libertad. Impregnada está en la retina de mis ojos la imagen del rostro de sufrimiento de Diana, al relatarme la historia trágica de su hijo al que amaba.

La noche de aquel viernes parecía extraña, porque se mostraba serena y tranquila, a diferencia de la vivencia diaria de aquella ciudad marcada por el peligro y la violencia. La joven madre fue al cuarto de su hijo como acostumbraba todas las noches y le recordó que ya era demasiado tarde para que él saliera con sus amigos, que debía ir a dormir. Diana apagó la luz de la habitación de Roberto y se retiró a su cuarto, esperando tener una noche agradable de descanso.

No había pasado mucho tiempo cuando se despertó con el estacato de armas automáticas que se escuchaba a la distancia. Pero continuó durmiendo con tranquilidad, sabiendo que su hijo estaba a salvo en casa. De pronto su sueño fue interrumpido por golpes en la puerta. Se acercó y escuchó que alguien la llamaba con urgencia y le decía: “Señora Diana, Roberto acaba de morir en una balacera”.

Incrédula ante tan devastadora noticia, corrió a la habitación de su hijo y descubrió que la ventana estaba abierta. Por allí el aventurero adolescente había escapado en busca de libertad, para perderse en la oscuridad de la noche por un camino que lo condujo al encuentro con la muerte.

La historia de este adolescente sirve de ejemplo para representar los frutos de una sociedad postmoderna que rechaza casi totalmente los Diez Mandamientos dados por Dios para proteger a la humanidad (S. Mateo 22:35-40).

Las leyes del mundo físico

Nuestro mundo expresa el diseño de una mente inteligente que sometió la creación bajo un conjunto de leyes inalterables para garantizar el orden, la armonía y el funcionamiento de todos los elementos. Así lo declaran las Escrituras: “El que hizo la tierra con su poder, el que puso en orden el mundo con su saber, y extendió los cielos con su sabiduría” (Jeremías 10:12). Por eso, tanto el mundo microscópico como macroscópico responde a ese “orden”, a leyes naturales que no hacen otra cosa que proveer las condiciones de vida favorables para la humanidad; leyes diseñadas para sustentar la existencia.

Por ejemplo, Dios puso la Tierra a una distancia exacta del sol a fin de que hubiera la temperatura apropiada para la vida en nuestro planeta. Si la Tierra estuviera tan solo un poco más lejos, la superficie del globo se congelaría; y si estuviera un poco más cerca, el calor sería tan intenso que quemaría a los habitantes y extinguiría la vida del planeta.

En la creación, como el gran Físico del universo, Dios asignó leyes a la naturaleza para que rigieran el movimiento de la tierra. Estas leyes dictan el movimiento de rotación del planeta a una velocidad de aproximadamente 1.600 kilómetros por hora, y su movimiento de traslación a una celeridad de un poco más de 28 kilómetros por segundo. Cualquier cambio de menos de un décimo de esas cifras en su rotación amenazaría nuestra seguridad.

Un ejemplo más del poder de las leyes de la naturaleza son las mareas. Los océanos no desbordan sus límites porque la luna gira alrededor de la tierra a una distancia inalterable de 384.000 kilómetros. La luna es la que controla el movimiento de las mareas. Una alteración de esta ley provocaría que el planeta fuera sumergido dos veces por día. Por eso Salomón dijo: “Cuando ponía al mar su estatuto, para que las aguas no traspasasen su mandamiento” (Proverbios 8:29).

Estos ejemplos son tan solo una pequeña demostración de la importancia que tienen las leyes para el universo físico. Así también la ley moral del Creador es esencial para el universo espiritual. La mayoría de los problemas que aquejan a la humanidad, a las familias y a los individuos hoy en día es el resultado de vivir en un mundo sin ley. En esta condición, la cosecha de las obras de los hombres son lágrimas de amargura, angustia y sufrimiento.

Una ley moral

Así como Dios mostró su responsabilidad para con la creación sometiéndola al dictado de leyes inalterables, también estableció una ley moral para proteger al hombre y garantizar su felicidad. Pero a diferencia del mundo físico, Dios le dio al hombre plena libertad de elección, a fin de que éste determinara bajo su propia responsabilidad si quería obedecer las leyes divinas, y ser verdaderamente libre, o si prefería vivir de acuerdo a sus propias leyes, cuyo fin es la muerte (Deuteronomio 30:19, 20).

De toda la creación, solamente nosotros, los seres racionales, nos hemos aventurado a desafiar al Creador y a vivir desconociendo la validez y la importancia de su ley. Cuando la mente del hombre posmoderno desafía a Dios y pregunta: ¿Qué importancia tiene hoy en el siglo XXI ese envejecido código moral llamado los Diez Mandamientos; acaso no somos hoy día suficientemente capaces y educados como para desarrollar nuestros propios códigos de conducta?, entonces las consecuencias no se hacen esperar. Somos víctimas de nuestros propios errores y cosechamos dolor, sufrimiento, violencia, odio, enfermedad y muerte (Romanos 6:23). Pero el plan de Dios es nuestra salud mental y espiritual, porque “mucha paz tienen los que aman tu ley” (Salmos 119:165).

La ley de Moisés y la ley de Dios

En el Antiguo Testamento, las leyes pueden ser clasificadas de la siguiente manera: leyes naturales, civiles, ceremoniales y la ley moral de los Diez Mandamientos. Las leyes civiles fueron dadas por Moisés exclusivamente para regular la vida comunitaria de los hijos de Israel; por lo tanto, eran de carácter temporal y su aplicación y uso tenían límites geográficos (2 de Reyes 14:6). Las ordenanzas ceremoniales, también dadas por Moisés, tenían como propósito regular los ritos y ceremonias del santuario, con la finalidad de proteger el símbolo que representaban, pues señalaban hacia el futuro, a la persona y al ministerio del Mesías que vendría a la tierra como el Dios encarnado para salvar al pecador. Al igual que las anteriores, estas leyes también eran temporales, hasta que cumpliese el propósito del plan divino Colosenses 2:14-17; Hebreos 8:1-6; 9:9, 10; Hechos 15:5).

Los Diez Mandamientos escapan a lo transitorio, pues fueron “afirmados eternamente y para siempre” (Salmos 111:8); y a diferencia de la ley de Moisés, fueron escritos “con el dedo de Dios” (Éxodo 31:18). Por lo tanto, la permanencia y perdurabilidad de la ley de Dios está determinada por la existencia de Dios mismo (S. Mateo 5:17, 18), porque la ley es la expresión del carácter de Dios.

Beneficios de la ley de Dios

Un insatisfecho cliente que compró lentes nuevos regresó después de una semana para exponer su reclamo. Dijo que no veía bien con ellos, y por lo tanto no le servían. Con paciencia, el optometrista observó los lentes y le dijo: “Señor, los lentes están bien, solamente necesita limpiarlos”. La ley está bien; solamente necesitamos limpiar nuestros lentes del polvo de los prejuicios.

La esencia de los Diez Mandamientos se define en su preámbulo: “Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué . . . de casa de servidumbre” (Éxodo 20:2). Este código moral es dado no para restringir nuestra libertad, sino para preservarla. Nunca debe ser visto como restricciones, sino como garante de la seguridad física, emocional y espiritual de sus observadores.

Quiero seleccionar dos mandamientos y destacar sus beneficios. El séptimo mandamiento dice: “No cometerás adulterio” (Éxodo 20:14). Nuestro Padre celestial desea evitar la amargura de los efectos trágicos de la infidelidad (divorcios, enfermedades venéreas, hijos afectados emocionalmente para el resto de sus vidas, etc.). Así lo dijo Salomón: “Los labios de la mujer extraña destilan miel . .  . mas su fin es amargo como el ajenjo” (Proverbios 5:3, 4). El octavo mandamiento “No hurtarás” (Éxodo 20:15), nos asegura que Dios ha prometido que “se le dará su pan, y sus aguas estarán seguras” (Isaías 33:15, 16). No tendrás necesidad de robar; porque Jehová suplirá todas tus necesidades. El Decálogo no es un enunciado de diez prohibiciones, sino un cerco de protección que asegura nuestro bienestar.

El fin de la ley

Pero por sobre todas las cosas, la ley de Dios cumple una función de consecuencias eternas; San Pablo lo dice claramente: “El fin [télos] de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree” (Romanos 10:4). La palabra griega télos significa finalidad. Se traduce por fin, pero con el sentido de propósito. Por lo tanto, no debe entenderse que Cristo le puso fin a la ley, sino que la finalidad, la función, la intención y el propósito de la ley es revelar mi pecaminosidad y despertar en mí la necesidad de ir a Cristo, para ser lavado en su sangre derramada en la cruz del Calvario (Romanos 5:9).

La ley no me salva, sino que me condena, porque su ministerio es un “ministerio de muerte” (2 Corintios 3:7). El único que tiene poder para declararme salvo es Cristo: “Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12; ver Efesios 2:8). Mi salvación no depende de mi obediencia a la ley, sino de un evento que sucedió en la cruz en las afueras de Jerusalén hace dos mil años. La ley primero revela mi pecado (Romanos 7:7), y luego me enseña cómo debo vivir en mi nueva condición de salvado (Salmos 19:8). Los Diez Mandamientos son parte inseparable del programa de Dios en el nuevo pacto “Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré; y nunca mas me acordaré de sus pecados” (Hebreos 10:16, 17). El nuevo pacto incluye el perdón de Dios y la inscripción de su ley en nuestro corazón, para que podamos vivir conforme a su voluntad.

Conclusión

Roy Steward Moore, jefe de la Corte Suprema de Justicia del Estado de Alabama, tomó notoriedad cuando rehusó obedecer la orden de una corte federal de remover un monumento a los Diez Mandamientos que se exhibía en su corte. En muestra de solidaridad con el juez, centenares de personas protestaron por dicha decisión. Lo irónico de todo es que muchas personas que pedían que el monumento no fuera removido, al mismo tiempo afirmaban que los Diez Mandamientos fueron abolidos en la cruz, y que no tenemos ninguna responsabilidad de vivir conforme a ellos.

Recuerde que estos mandamientos solamente serán una bendición para usted cuando estén grabados en su corazón. Lo invito a elevar en este momento una oración al cielo, para pedir que el Espíritu Santo escriba la ley dentro de usted, para que su vivencia sea la misma del Rey David, cuando dijo: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmos 119:11).


El autor tiene una maestría en Teología y es un conferenciante reconocido que escribe desde San Diego, California.

Un mundo sin ley

por Yohalmo Saravia
  
Tomado de El Centinela®
de Junio 2008
  

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