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Hace pocos días leí una nota acerca de lo que más aprecia físicamente una mujer de un hombre. Según estudios realizados por una universidad de Singapur, no es su estatura ni su cabello. Ni sus ojos ni su cuerpo atlético. Es su sonrisa.

Esto me trajo a la memoria un notable y dramático relato escrito por Antoine de Saint-Exupéry, el célebre autor de El Principito. Este famoso escritor y aviador francés escribió una historia fascinante, basada en una supuesta experiencia personal, que tituló “La Sonrisa”. Narra que durante la guerra civil española, en la que combatió contra Franco, fue capturado por el enemigo y arrojado en una celda. En esas circunstancias, se dispuso su ejecución para el día siguiente. Este es su patético testimonio:

“Estaba seguro de que iba a morir. Estaba terriblemente nervioso y angustiado... Miré al vigilante a través de los barrotes de la prisión. Él no hizo contacto visual alguno conmigo. Después de todo, tú no miras a una cosa, a un cadáver. Lo llamé...

“Cuando se acercó... inadvertidamente su mirada se encontró con la mía. En ese momento le sonreí. No sé por qué, pero lo hice. Quizás estaba nervioso; quizá fue porque, cuando estás muy cerca de otro, es difícil no sonreír. En todo caso, le sonreí. En ese instante fue como si una chispa se hubiera encendido en nuestros corazones, en nuestras almas humanas. Sé que él no lo quería, pero mi sonrisa atravesó las barras de la prisión, y generó también una sonrisa en sus labios...

Mantuve la sonrisa, viéndolo ahora como a una persona, y no como a un carcelero. Su mirada parecía tener también una nueva dimensión hacia mí. ‘)Tiene hijos?’, me preguntó. ‘Sí, aquí, aquí’. Saqué mi cartera, y nerviosamente busqué las fotografías de mi familia. Él también sacó las fotografías de sus hijos, y comenzó a hablar de sus planes y esperanzas para ellos. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Le dije que temía que nunca vería de nuevo a mi familia. No tendría oportunidad de verlos crecer. Las lágrimas llenaron también sus ojos.

“De repente, sin decir una palabra, abrió la puerta de mi celda, y en silencio me sacó de ella; sigilosamente, y por calles desoladas me sacó de la ciudad. Una vez allí, en los linderos, me liberó. Y sin decir ninguna palabra regresó a la ciudad”.

Saint-Exupéry termina su relato con la sugestiva reflexión: “Una sonrisa salvó mi vida”.

Con la ayuda de Dios, comparta una sonrisa con aquellos que lo rodean. Quizá no salve su vida, pero ciertamente alegrará su propia existencia y la ajena.


El autor es editor asociado de El Centinela.

El valor de una sonrisa

por Ricardo Bentancur
  
Tomado de El Centinela®
de Marzo 2009
  

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